erotismo femenino... por qué ellos guiaron a la fuerza nuestro deseo durante siglos... pero siempre se mantuvo intacto en nuestro interior...
LAS LUCES DE LA CIUDAD
—¡Ya era hora!
Con un gesto inconsciente, Steve se secó una gota de sudor que resbalaba por su frente.
—¿Realmente crees que vamos a quedarnos aquí más de un año?
—Ya veremos… Pero, entretanto, muévete. ¡Nos queda aún mucho por hacer! Otro traslado. El que hacía tres en otros tantos años. No parecía, por lo menos en los últimos tiempos, que Steve y yo fuéramos capaces de encontrar el lugar ideal para vivir. Esta vez, no obstante, tenía un buen presentimiento.
Durante tres meses había escudriñado sistemáticamente la ciudad buscando la “perla exótica” inmobiliaria, y realmente tenía la impresión de que, después de muchas búsquedas infructuosas, la había hallado.
Nos hubiera gustado tener por fin una casa propia, pero como Steve pronto iba a ser destinado a otro lugar, habíamos pospuesto una vez más ese sueño. Tras semanas de decepciones, falsas esperanzas y días enteros dedicados a visitar los apartamentos disponibles, ya estaba dispuesta a rendirme. Pero una mañana sin ningún carácter especial había leído un anuncio: “Magnífica copropiedad; la paz del campo cerca del centro de la ciudad. Oportunidad”. Como había visto centenares de anuncios similares, estuve a punto de desdeñarlo. Sin embargo, antes de hacerlo y sin realmente ser consciente de ello, marqué el número y concerté una cita para verlo. Al llegar delante del edificio, me enamoré a primera vista. Era exactamente lo que buscábamos. Para empezar, el apartamento disponible estaba en el último piso del edificio, el piso 20. Por lo tanto, no tendríamos a nadie que anduviese por el piso de arriba a cualquier hora del día o de la noche. Además, el edificio tenía una planta en aspas de cruz, con sólo un apartamento en cada brazo y el ascensor en el hueco del centro; es decir, no había vecinos inmediatos que nos pudieran hacer partícipes de sus peleas o de sus programas de televisión predilectos. ¡El éxtasis! Y las ventajas no terminaban ahí.
El edificio estaba rodeado de un hermoso parque, por el que se podía pasear con toda paz. Un conserje vigilaba permanentemente la entrada y, ¡oh, increíble fortuna!, el alquiler estaba a nuestro alcance (aunque exigiera algún pequeño sacrificio por otro lado). De hecho, teniendo en cuenta las dimensiones del apartamento y el barrio en que se encontraba, el alquiler no era desmesurado. El edificio acababa de cambiar de propietario, y los nuevos dueños querían alquilar todos los pisos. Así pues, habían rebajado sensiblemente la renta, por lo menos hasta que consiguieran su objetivo. Nos abalanzamos sobre la ocasión (mejor dicho me abalancé sobre la ocasión) y no le dije a Steve que ya había firmado el contrato hasta que él vio el apartamento. Estaba convencida de que quedaría tan enamorado de él como yo lo estaba. Y aún es así.
El día del traslado, a pesar de la fatiga y de las múltiples incomodidades que un traslado conlleva, nos sentíamos felices. El barrio, por lo menos lo que habíamos podido ver hasta entonces, nos gustaba y nos habíamos ya encontrado con una vecina de rellano, Diane, que nos había parecido encantadora. Quizá un poquitín excesivamente encantadora, a juzgar por la mirada de aprobación que Steve fijó sobre su busto…
Trabajamos intensamente durante cuatro días, antes de que pudiéramos considerar que nos habíamos “instalado”.
Steve y yo habíamos pedido unos días de vacaciones para hacer el traslado y se puede decir que los empleamos bien. Los grandes ventanales supusieron un problema. Los del salón y el dormitorio eran inmensos, y las cortinas que teníamos no encajaban en ellos. No obstante, una vez solucionamos ese problema, el apartamento adquirió un aspecto más que placentero. Y esos ventanales, por sus dimensiones, nos permitían una vista tan espectacular que dábamos por bien empleado el esfuerzo.
La cuarta noche, tras nuestra primera cena tête-à-tête en nuestra nueva casa, decidimos por fin salir a tomar el fresco en la magnífi ca terraza. La noche de julio era cálida y dulce, con una brisa ligera y acariciante que nos mecía.
No estábamos aún en tiempo de canícula, un período en el que entraríamos sin duda dentro de unas pocas semanas.
Era simplemente una hermosa noche de verano; una de esas noches que demasiado raramente podemos disfrutar en estas latitudes.
Apagamos todas las luces para mejor saborear la magnífica vista que se nos ofrecía: la ciudad desparramada a nuestros pies parecía irreal, vibrante, viva. La circulación era fluida y discreta, y del apartamento vecino llegaba la melodía de un melancólico blues. Por fin podíamos gozar relajadamente de la tranquilidad de nuestra nueva casa. Aunque no pudiéramos seguir la conversación que emergía a través de las ventanas de nuestra vecina, abiertas para dejar entrar el aire nocturno, se percibían tonos de voz claramente masculinos.
—“¡Lástima!” —dije para pincharle—, “parece que tiene novio…”
Steve sonrió y acerca su silla a la mía. Colocó afectuosamente su brazo sobre mi hombro, dejando que su mano, al pasar, acariciase competentemente mi pelo. Algunos instantes después, una sugestiva luz iluminó el dormitorio de la vecina. Entonces nos dimos cuenta de que ella había resuelto el problema de las cortinas de un modo muy expeditivo: no había puesto. Sin mirarlo expresamente, observamos también que los dos muros de su dormitorio que nos resultaban visibles, estaban recubiertos de espejos. Resultaba difícil no verlo; el ventanal medía casi lo mismo que la estancia.
—No sólo tiene un novio sino que, además, les gusta mirarse… Nuestra vecina, Diane, siguiendo el ritmo de la música entró en su cuarto con paso lento y se sacó su blusa.
—¡Ya ves! ¡Vas a poder pegarte el lote! ¡Dios mío, que tetas! La granuja… ¿Qué va a pasar cuando yo no esté? ¡Si entro en casa y tú no estás junto a la puerta esperándome, voy a adivinar inmediatamente dónde estás! Pensaba que se iba a cambiar de vestido, fuera para estar más cómoda, fuera para salir… Pero desanduvo el camino que había hecho, esta vez ataviada únicamente con unas braguitas, y regresó arrastrando a su novio de la mano. Le empujó al interior con un gesto cariñoso y juguetón y le hizo sentar encima de algo que parecía una cómoda. Inmovilizó sus muñecas contra el espejo y empezó a cubrir su cuello con ligeros besos furtivos, provocativos.
—Hum… —murmuró Steve—, eso se está poniendo interesante. Me limité a tragar saliva…
Diane besaba ahora más fogosamente el cuello, los hombros, los brazos y el torso del hombre, deslizando sus menudas manos a lo largo de su velludo cuerpo, mientras él permanecía sentado, quieto. De pronto, tiró de sus muñecas, se giró y le hizo ponerse en pie, delante de ella, indicándole con un gesto de su dedo que no intentara acercársele. A través de la ventana podíamos verle directamente hasta casi la cintura, y el resto lo veíamos reflejado en los espejos. Diane subió encima de la cómoda que el hombre acababa de dejar libre y se puso a bailar mórbidamente al ritmo de la música.
Realmente, tenía unas tetas que a mí me hacían desmayar de envidia… y que provocaban que mi Steve se pusiera rojo como un tomate. La miraba, con un aire tímido pero fascinado, sin que fuera capaz de decidir si prefería mirarla a ella, o a su imagen refl ejada en uno de los espejos.
Steve, por su lado, había empezado a acariciarme con persistencia. Yo estaba ya muy encendida. Me sentía incómoda, aunque ligeramente, por el hecho de estar observando de este modo a otra pareja; pero no me importaba: el espectáculo era irresistible. Dejé que Steve me acariciara sin ponerle trabas, apenas consciente de su presencia, limitándome egoístamente a gozar de las sensaciones que me provocaba. Sabía que estaba humedecida, caliente, y los dedos que Steve deslizó en mi interior dieron rápidamente con su objetivo. Con la yema de su dedo acarició un minúsculo punto en el lugar preciso de mi cuerpo que desencadenaba siempre el mismo proceso: un orgasmo escandaloso por su celeridad y potencia. El amigo de Diane se quitó apresuradamente los pantalones, dejando ver un órgano bien erguido… y apagó la luz de su dormitorio.
Ambos exhalamos al unísono un suspiro de contrariedad, pero, con todo, Steve tuvo el detalle de continuar hasta que gocé; algo que sucedió casi inmediatamente. Entonces me fijé en la inmensa erección que empujaba su pantalón y de la que no me había dignado ocuparme hasta entonces… ¡Una erección sólida! No podía dejar al pobre Steve en ese estado. Era incapaz de despreciar una tal apostura. Me arrodillé delante de él e introduje casi toda su polla en mi boca. Me encanta (de verdad) regalarle ese pequeño placer. Lo hago por amor a él, pero también por mí… Adoro esa impresión de potencia que me proporciona el tener su miembro en mi boca. Yo soy entonces la verdadera dueña de la situación, si es que hay alguien que lo sea. Me puse a chupar con mi boca pedigüeña, deslizando mi lengua alrededor de su falo como en un beso apasionado, albergándolo profundamente en mi cavidad bucal. Como sabía que Steve lo adoraba (¿hay algún hombre que no adore esto?), prolongué su placer, haciéndolo durar. Aceleré el vaivén de mis mojadas caricias, a la vez que introducía su miembro más aún en mi boca, hasta que noté que su resistencia iba a ceder. Entonces, sosegué gradualmente mi ritmo, divirtiéndome en lamerlo y chuparlo. Dejando que mi mano tomara el protagonismo. Pasado un momento, volví a introducírmelo de nuevo en la boca, empezando otra vez el juego. Mis labios se cerraron alrededor de su verga cada vez más dura, a veces suaves, a veces fi rmes, pero sin ceder nunca en su presión.
Finalmente, a la cuarta vez de repetir el proceso, dejé que gozara y que me rociara con el fruto de mi esfuerzo… No hay nada como salir a tomar el fresco. Estaba claro que este apartamento iba a proporcionarnos agradables veladas…
* * *
Unos días después, me crucé con Diane en el ascensor. Sentí que me sonrojaba, sin que pudiera hacer nada para evitarlo y sabiendo que pensaría, equivocadamente, que yo era patológicamente tímida. Quería saber si ya nos habíamos instalado y qué nos parecía de momento el barrio. Me dijo que siempre había vivido en pisos altos y me preguntó qué opinaba de la vista…
Me puse extremadamente roja y con alivió observé que el ascensor llegaba al fi nal de su rayecto. Me dirigió una cálida sonrisa y se fue por su lado.
* * *
Era nuestro último día de vacaciones… ¡Cuán rápido habían pasado los días! Pensaba con inquina en que a la mañana siguiente tendría que empezar de nuevo la rutina.
Para celebrar de un modo especial la última noche, Steve me propuso ir a cenar en un pequeño restaurante vietnamita que estaba cerca de nuestra casa. El gusto por la cocina vietnamita fue la primera afición común que nos descubrimos. Comíamos en restaurantes vietnamitas tan a menudo como podíamos, y no nos cansábamos nunca de hacerlo. Esa noche, una vez más, la comida estuvo deliciosa y nos encantó el ambiente cálido y discreto de ese restaurante que visitábamos por primera vez. La conversación derivó de un modo natural hacia nuestra vecina, y nos preguntamos si no entraría dentro de lo posible que hubiera montado toda esa exhibición sabiendo que la estábamos mirando.
—¡Quita! —dijo Steve—, ¿cómo hubiera podido saber que estábamos en la terraza?
—¡No lo sé!… Pero, incluso desde nuestro dormitorio, se podía ver todo sin ninguna difi cultad.
—¡No! Yo ya he… Steve dudó un momento.
—…¡He hecho la comprobación y queda demasiado lejos! El ángulo tampoco lo permite…
—¡Ah! —dije, fingiendo sentirme ofendida.
—¡Ya me parecía a mí que ibas a arreglártelas para no perderte nada!
—¡Ya! Porque me vas a decir que tú te quedaste pasmada. O, peor aún, indiferente.
—Yo no diría tanto…
Nos miramos a los ojos y, embarcados en agradables recuerdos, tuvimos la misma idea ambos a la vez: regresar lo antes posible a casa.
Al llegar, me apresuré a abrir los ventanales y la gran puerta de la terraza. A ninguno de los dos nos gusta el aire acondicionado. Inmediatamente percibí la música que llegaba del apartamento del lado. Esta vez era rock duro. Tuve cuidado en no encender ninguna luz y susurré a Steve que viniera rápido. El apartamento de Diane estaba iluminado por varias lámparas de colores. El resultado hacía pensar en un escenario bajo focos de color rojo, azul y ocre. En medio de ese extraño marco, dos cuerpos se entrelazaban. El de Diane y el de un hombre distinto al de la vez anterior. Ella estaba arrodillada encima del sofá con los codos apoyados sobre el respaldo. Ofrecía su espalda y sus nalgas a un tipo cuadrado como un jugador de fútbol, con largos cabellos castaños.
—Ven al dormitorio—, murmuró Steve, como si nuestros vecinos pudieran oírle.
—Están en el salón; esta vez les veremos mejor desde allá…
—De acuerdo, vamos.
Era cierto que la visión era mejor. Diane seguía en la misma posición, pero el chico, que antes estaba inmóvil detrás de ella, ahora parecía estar explorando el cuerpo de ella hasta sus más recónditos rincones. Con una mano se masturbaba y con la otra acariciaba a Diane. Introducía sus dedos, exigentes delante y prudentes atrás, y paseaba su lengua sobre sus acogedoras nalgas. Pero lo que me fascinó fue la mano con la que se masturbaba. Era una mano inmensa, de un tamaño superior al de la media, pero no llegaba a tapar la mitad de su enorme verga. ¡No había visto nunca nada igual! Steve y yo nos desnudamos frenéticamente y me apoyé sobre el quicio de la ventana, en la misma posición que Diane. Steve imitó al chico, acariciándome con una intensidad cada vez mayor. Finalmente, vi que el chico la penetraba. Pensé que un calibre así, necesariamente tenía que hacer daño. ¡Pero, qué vistazo! No se apresuró; hundió sólo una pequeña parte a la vez. Diane debía estar loca de impaciencia porque se precipitó encima de él, obligándole bruscamente a que la penetrara.
Steve hizo lo mismo. No disponía del mismo armamento, pero a mí me convenía perfectamente puesto que estaba ahí: detrás de mí y en mi interior. Mientras les mirábamos, intentamos sincronizar nuestros movimientos con los de ellos. Estaba fascinada por sus cuerpos brillantes, ligeros e impetuosos. Las tetas de Diane se balanceaban al ritmo endiablado de su frenesí y podía adivinar (más que ver, por desgracia) la enorme verga erecta que, a cada embestida, se adentraba más profundamente en Diane.
El chico aceleró el ritmo con el que se movía y Steve hizo lo mismo. Me estremecía cada vez que Steve golpeaba mis nalgas con su vientre y ante los golpes que el del chico propinaba a las de Diane. Se pararon al mismo tiempo, hicieron una pausa abrazándonos por los hombros y los cuellos, agarraron nuestras cabelleras y después continuaron de nuevo. Incluso pareció que se corrían a la vez. Steve me hizo sentar sobre el pretil y me lamió con fruición, haciéndome gozar con su lengua una segunda y maravillosa vez. Después de eso, fui incapaz de mirar qué hacían los otros dos. Mi única queja fue que, a pesar de la feroz intensidad, todo había resultado demasiado breve.
—¿Crees que tendríamos que dejar de mirarles? —pregunté a Steve con la respiración aún entrecortada.
—No, ¿por qué? Yo no veo nada malo en esto… ¡Vamos a ver! Entre esto y una película, ¿tú qué prefi eres?
—Bueno; si son las que tú escoges…
—Perdone usted, señora; la próxima vez vas tú a buscarlas.
—Quizá no nos haga falta ir a ninguno de los dos; sobre todo si sigue cambiando de pareja cada semana…
Aunque, y para mis adentros, este último disponía de algo que no acabo de saber definir…
Efectivamente, Diane cambiaba de pareja con regularidad.
El tipo de pelo largo vino a verla algunas veces más, pero nosotros siempre llegamos a casa demasiado tarde para sacar provecho de sus visitas. Diane se contentó (¡y de qué manera!) con ese acompañante, durante dos semanas.
Una noche, al llegar a casa, les sorprendí en plena pelea.
Unos momentos después, él se marchó dando un portazo y ya no le volvimos a ver. ¡Una pena!…
Unos días después de esa típica “última escena”, regresé pronto del trabajo y en el rellano me encontré con Diane. Me dijo que le apetecía beber sangría y que iba a comprarla.
HISTORIAS PARA RUBORIZARSE
Cuentos eróticos
MARIE GRAY
© del texto: la autora
© de esta edición: Lectio Ediciones
© de la edición original: Guy Saint-Jean Éditeur Inc.,
Gracias Susana Moo por hacerme conocer a la autora
ANEXIONANDONOS
Con la lengua delineo el contorno de tus labios apenas degustando las cosquillas de tu barba.
¡Qué boca perfecta!
Disfrutar lamer esa pequeña porción de ausente bello junto a la comisura de tu gloriosa boca. Deslizar la lengua, recorrer tu cara, nunca a contrapelo.
Tú oreja, deliciosa. Comerla a besos, babear cada pabellón. Con la punta de mi lengua tiesa penetrar. Succionarte el lóbulo.
Oler tu cuello.
Iniciar el camino, separar tus brazos y mi seno contra tu pecho. Contornearme para delatar tu cuerpo.
Se corta el silencio por tu jadeo, suave emisión desliza tu sueño.
Imprimir las uñas en tu torso erizado. Dirigir mi aliento.
Detenerme.
Gemidos recíprocos envuelven el tiempo.
Permitirle al sudor conjugarse. Entre baba y deseo hundir mi boca ya sin aliento.
Besar, succionar, chupar babosear, disfrutar de tu ondular.
Las manos a pleno y tus yemas gritan.
¿Te abandonó el buen sueño?
Hamacar nuestras pelvis.
Zozobrar los quejidos.
Anudados, presionados, amalgamados, inquietados, recibidos, estivados.
Esculpir tu pasión dentro de mí en un estruendo.
Encontrar repentino que el sueño esta noche te fue interrumpido.
Disfrutar el sorroche.
Ahora sí, te dejo dormido.
valy wainer
MIA

TU ESPALDA
TUS MUSLOS
Y TUS PECHOS
DEJO APARECER
TUS HOMBROS
Y DENSA TE LIBERO
DEAMBULO CON MI LENGUA
POR MI NUEVO
DESCUBRIMIENTO
Y TE SIENTO LLENATE VACIO
Y TE BEBO.
LOCURA

LOS TESTIGOS

Espías son de nuestro acto los testigos silenciosos,
Testigo es aquel espejo que siente suyo el cansancio
Es testigo la cortina,
Sin embargo estos testigos siguen en sus sitios,
Secundando nuestro amor,
Sin contarlo.
LA DESPEDIDA
Con tres vocales, una ere y una ese, era imposible que no tuviera scrábel, por fuerza tenía que encontrar una palabra de siete letras, había que pensar un poco, nada más, tomarse unos minutos y unos sorbos más de café con leche, cambiar las letras de lugar en el soporte y listo, hecho: “totoras”, siete letras, scrábel, cincuenta puntos de premio, sesenta y cuatro puntos en total.
-¿Ya empezás con los scrábeles vos?- le dijo Ricardo-.
Mejor para mi, ¿no ves que me abrís el triplique zonza?
-¿Qué triplique, qué vas a poner ahí? ¿Totorase del verbo totoral? ¿Totoraza aumentativo de totora?.
Y mientras él pensaba, retorciéndose las pintas del bigote su próxima jugada, ella miró fijamente el tablero para no mirarlo a él y sobre el tablero, sin embargo, volvió a ver su cara y supo cuánto le iba a doler no verlo más, como iba a extrañar el peso de su cuerpo. Tres años perdidos, diría su abuelita: ese mal hombre te hizo perder tres años.
-No se me ocurre nada- dijo Ricardo después de un rato largo-.¡Ah, sí! Pongo “da”. Tres puntos.
-Vos tenés otra de. Te conviene así: “dad” y “vid”, agarrás el duplique y tenés diez, catorce, diecisiete puntos.
-Ya me estuviste mirando las letras.
-Bueno... para ayudarte, ¿no? Si no se hace muy aburrido- dijo Paula. Y aunque sabía que así se terminaba el juego, dijo también en un impulso-: Vos estás con otra.
-Sí- dijo Ricardo, sobresaltado y con alivio-. ¿Cómo sabías?
-“Truncara”, otra vez hago scrábel- y se sentía orgullosa, Paulita, de haber logrado colocar las siete letras teniendo sólo una u y una a, y usando otra vocal del tablero. Orgullosa. Destrozada. Pensaba en una jugada imaginaria, primero hacer scrábel con trozada, agarrando un duplique con los diez puntos de la zeta y tener suerte, después, de conseguir antes que su contrincante las letras necesarias para formar el prefijo des. Poner destrozada triplicando toda la palabra, lo suficiente como para ganarle un partido a un jugador mucho mejor que Ricardo. Pero, aunque anotó los puntos “truncara” ya no tenía sentido seguir jugando.
-Qué se yo. Sabía. Se te nota. Ayer a la noche la viste- dijo al azar-. Pero todavía no te acostaste con ella.
-Qué hija de puta que sos. Sabés todo- dijo Ricardo con admiración-.
Paula no sabía todo, pero se iba enterando. Sentía todos los músculos de su cuerpo repentinamente flojos, débiles, se preguntaba si podría pararse. Prendió un cigarrillo. Sus movimientos le parecían muy lentos, como si estuviera dentro de agua, muy adentro, en el fondo, con todo el peso del océano sobre ella. Tenía frío también. Para escaparse del dolor trató de ubicarse mentalmente en el futuro, un año después; desde la distancia, desde otro hombre, recordaría esta escena con indiferencia.
Pensó en el amor como en un hipopótamo, el trote torpe y destructor de un hipopótamo desbastando sectores de la selva a su paso, indiferente a todo lo que no fuera procurarse alimento, zambullirse en el agua, imbécil y torpe amor.
-Entonces, no vas a querer verme más, ahora. Y ya se terminó todo.
-Sí. Se terminó. – Y aunque no tenía ganas de mirarla, estaba contento, Ricardo, de que la perspicacia de Paula le ahorrara tantas difíciles explicaciones la miró, entonces, con ternura, le acarició la cara.
-Te quiero mucho. Sabés eso, también, ¿no es cierto?
Y eso sí que colmaba, excedía la medida de lo soportable, el afecto de Ricardo, su estimación, su aprecio. Paula pensó en todo lo que él mucho le quitaba al te quiero y supo que no podría vivir con ese cariño a cuestas, que no era así, con una tenue ternura, como deseaba ser recordada.
-Y como igual ya se terminó todo, ahora podemos decirnos la verdad, ¿no?. Ahora me podés contar con quién estabas ese fin de semana en que te fuiste a Mendoza. Siempre tuve esa curiosidad.
-Nada, no pasó nada, me fui a Mendoza, al congreso, como te dije.
-Para qué vas a macanear, si ya no tiene importancia. Si yo sé que estabas con alguien, te pisaste.
-Bueno, estaba en Córdoba, no en Mendoza. Con una de mis primas de Córdoba, ¿te acordás?.
-Y yo estaba con Pancho. Ese fin de semana me acosté con Panchito.
-¿Por qué hiciste eso?- dijo Ricardo, todavía sin creer en lo que estaba escuchando pero ya angustiado, dolorido, con la palidez de quien acaba de recibir un fuerte golpe en la cabeza. Porque a Paula, que lo quería, nunca le habían molestado las infidelidades de Ricardo, todo lo que la preocupaba era que volviera con ella y en cambio a Ricardo, que no la quería, las infidelidades de Paula lo volvían loco de dolor y de celos.
-Bueno, no me iba a quedar en casa chupándome el dedo mientras vos andabas por ahí desflorando primitas.
La alusión, esta vez no era azarosa, apuntaba concretamente a una de las infidelidades de Ricardo que, siempre inseguro de su capacidad de seducción, se inclinaba para superar desafíos, prefería las tareas difíciles, con obstáculos, las mujeres vírgenes. Cierta vez una de sus alumnas, agradecida, le había regalado un ejemplar del Martín Fierro encuadernado en piel que Ricardo le había mostrado a Paula, un poco avergonzado.
-pero yo no te pregunté nada- dijo ahora Ricardo-. Yo no quería saber nada. ¿Por qué me tuviste que contar eso?. Y Paula no sabía bien por qué, buscaba algo que pudiera lastimarlo, hacerle compartir una parte del dolor, hubiera querido clavarle un instrumento largo y delgado en el pecho, una aguja de tejer, por ejemplo, con la punta doblada como un anzuelo y arrancarla después de un tirón, untarle la herida con mostaza.
-La pasamos bien con Panchito. Hacía tiempo que le tenía ganas.
En los últimos tres años había tenido tiempo de conocerlo bien a Ricardo, Paulita, y sabía que, aunque el instrumento del amor estaba roto, todavía podía hacerlo bailar con el del odio. Iba a ser una despedida fuerte, con ganas, una buena despedida.
-¿Y qué hicieron?- dijo Ricardo, con voz indiferente.
-Y qué íbamos a hacer. Cojimos.
-¿Cuántas veces?
-Qué te importa.
-Te pregunté cuántas veces- y la voz de Ricardo sonaba sibilante ahora, contenida, aunque todavía impersonal, distante.
-Tres veces.
-¿Y después? ¿Volviste a acostarte con él, después?
-No, después vos volviste de Mendoza. O de Córdoba, mejor dicho. Después no lo vi más.
-¿Y qué tal coje Panchito? ¿Mejor que yo?
-No se, distinto. No me voy a poner a contarte los detalles, ¿no?
Entonces Ricardo dejó caer toda la apariencia de tranquilidad de fría curiosidad científica, y avanzó pesadamente hacia ella, jadeando, con los ojos enrojecidos, temblando de odio y de celos. Paulita retrocedió, apoyándose contra el respaldo del sillón. Ricardo le agarró el brazo, apretándole la muñeca con fuerza.
-Sí, justamente, putita, puta reventada, vas a contarme todos los detalles. ¿Se la chupaste? Quiero saber todos los detalles. Contestame. Ahora me vas a decir si se la chupaste.
-Sí se la chupé, soltame! (Paulita trataba de liberar su brazo, se retorcía de dolor.)
Y Ricardo le preguntó también cómo se la había chupado, si se la había metido toda en la boca, Panchito, si lo había acariciado con la lengua, si se había tomado la leche y como Paula se negaba a contestar acompañó Ricardo, cada una de sus preguntas con una bofetada seca, dura, impersonal, hasta hacerle sentir en la boca el gusto de la sangre, hasta que Paulita, en un estallido de rabia, de dolor y de deseo, inventando a partir del confuso recuerdo de una breve historia de amor que había sucedido hacía casi un año, una historia cuyo único sentido había sido precisamente éste: la posibilidad de atesorarla, de convertirla en recuerdo y en relato, porque, aunque era cierto que le tenía ganas, por Ricardo y para Ricardo se había acostado Paula con Panchito, le contó con placer-Paula- cómo lo había acariciado con la lengua, lentamente, primero las pelotas, y había subido después, desde la raíz a la cabeza, lentamente con la lengua, antes de ponérselo todo en la boca y comenzar con el movimiento acompasado, sin dejar de trabajar entretanto, con la lengua, hasta hacerlo acabar, a Panchito, hasta sentir en la boca el sabor tibio, picante y sabroso de su semen, hasta tragárselo todo y era mentira, claro, porque la leche no le gustaba a Paulita, le daba arcadas y Ricardo debería saberlo, recordarlo, si sólo se encontrase en condiciones de saber o recordar alguna cosa.
-¿Y cómo tiene el palo, Panchito? ¿Lo tiene grande? ¿Más grande que el mío?
-No tiene palo, Panchito, ¡Tiene sable! Porque lo tiene más largo que el tuyo y más finito, y un poco curvado hacia abajo y entonces no le dice palo, Panchito; palo le decís vos, él le dice su sable. ¡El sable corvo de San Martín!.
Y ya francamente disfrutando la situación, Paulita, ya si necesidad de bofetadas, golpeando ella, con sus palabras, se enfrascó en una detallada descripción y clasificación de los hombres que había conocido o imaginado y cómo solía suceder que dieran ellos un nombre particular a su propio sexo, un nombre inventado o elegido entre los muchos nombres conocidos, y cómo ese nombre generalmente en relación con ciertas características físicas que cada uno de ellos consideraba universales y eran en realidad personales y privadas y así había conocido, Paulita, a la Chancha y al Cabezón, a la Varita mágica y a Perico de los Palotes y al Bastón Vigilante y pasó después, Paulita a relatar con delectación los diversos placeres, ya decididamente imaginarios, que cada instrumento, de acuerdo con su forma o su tamaño, era capaz de provocar en una mujer.
Hasta que la hizo callar, Ricardo, enroscándole la mano en el pelo y tirando hacia abajo, retorciéndole el brazo al mismo tiempo hasta obligarla a ponerse de rodillas con la cabeza echada para atrás, mientras se desabrochaba los pantalones, y se la hizo chupar, Ricardo, como en su historia se la había chupado Paula a Panchito.
Y después la hizo retroceder, Ricardo a Paulita, y le ordenó que se sacara la camisa y se acariciara os pechos, y la miró, mordisqueándose las puntas del bigote, mientras ella se acariciaba y la ayudó después a sacarse los pantalones y le ordenó caminar así, semidesnuda, en cuatro patas por la habitación, y obedeció Paulita, a sus órdenes corriendo como un perro, a su llamado, y la besó en el cuello Ricardo a Paulita, y jugó a acercar y alejar su boca de sus pezones, tocándolos con los labios, el bigote, y puso la boca sobre uno de ellos rozándolo apneas, hábilmente, con los dientes, mientras si abrazo le rodeaba la cintura acariciándole las nalgas, las caderas, y la otra mano subía despacito desde la rodilla hacia arriba, por la cara interna del muslo hacia su centro, hasta mojar los dedos en su sexo húmedo para lubricar la caricia aterradoramente suave.
Y sitió, Paulita, las ondas de deseo que partían desde su centro en convulsivos espasmos y el deseo era también placer, placer y deseo al mismo tiempo en un solo nudo, hasta sentir toda su piel erizada, dispuesta, hasta sentir pinchazos como los que podría causar una aguja increíblemente fina en la pinta de los dedos, hasta que no pudo resisitirlo más, Paulita, y de su boca entreabierta comenzaron a escaparse quejidos, el sonido del goce, y ese sonido, el de su propia respiración hecha voz, elevó más todavía la ola del deseo.
Entonces entró en ella, Ricardo, y su lengua entró en la boca de Paula, recorriendo los dientes, las encías, mientras ella mantenía los dientes apretados, obligándola a separarlos, violándole la boca mientras se movía dentro de su cuerpo. Y la llamó mi yegua, Ricardo, a Paula, mi puta, mi hembra, mientras se estremecían juntos en un instante final, interminable.
Pero después todo seguía igual y le acarició el pelo con ternura, a Paulita, Ricardo, con tristeza mientras se vestían, recordaron entonces, que se estaban despidiendo, y se puso a llorar, Paulita, y Ricardo también lloró un poco y se abrazaron muy fuerte y Ricardo le pidió perdón a Paulita porque ya no la quería y Paula se preguntó en silencio por qué miércoles no la querría más, los misterios de eso hipopótamo, el torpe amor.
Y Ricardo se fue y esta vez se fue para siempre y la miró con afecto a Paulita en el palier, mientras esperaban el ascensor, sos una buena chica, le dijo, te voy a extrañar mucho.
Entonces Paulita se puso en puntas de pie y lo hizo inclinarse hacia ella porque estaban en el palier y quería decirle algo más y decírselo, además en el oído. Y abrazándolo, en el oído, le dijo muy bajito susurrando, a Ricardo, Paulita:
-Te olvidaste preguntarme. También me la dio por el culo, Panchito.
Y después entró a su casa y cerró la puerta.
Como un boxeador cansado, derrotado, que vuelve a los vestuarios escuchando todavía los gritos del público que festejaban al triunfador, se arrastró Paulita hasta el baño. Como un boxeador cansado, derrotado, tenía la cara, Paulita, pero todavía manchada de sangre y semen y mocos y sudor, y negras lágrimas cargadas de pintura. Y mientras se enjabonaba debajo de la ducha, Paulita, mientras dejaba que el agua le empapase el pelo, corriera por s cuerpo, Paulita pensó que Ricardo podía golpearla y humillarla, podía hacerla gozar, podía darle placer y dolor y tristeza, podía abandonarla, pero nunca, nunca jamás, ni aunque viviese un millón de años, iba a poder ganarle a un partido de scrábel, Ricardo a Paulita.
del libro "CUENTOS ERÓTICOS" Eryda Editores 1984
Gracias IRI por tu aporte.
NO SE ME IMPORTA UN PITO...
No se me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de sorportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono,
bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase,
tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?
¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,
volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa.
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando,
de algún paseo por los alrededores!
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.
"¡María Luisa! ¡María Luisa!"... y a los pocos segundos,
ya me abrazaba con sus piernas de pluma,
para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
que nos aproximaba al paraíso;
durante horas enteras nos anidábamos en una nube,
como dos ángeles, y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta,
el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera...,
aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!
¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes...
la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea,
¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre?
¿Verdad que no hay diferencia sustancial
entre vivir con una vaca o con una mujer
que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender l
a seducción de una mujer pedestre,
y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar
que pueda hacerse el amor más que volando.
OLIVERIO GIRONDO
otro trailer de porno para mujeres x Erika Lust
Teaser 5 Sensual Stories by Erika Lust
Cargado por lustfilms
para los que gusten aquí link a una muy buena entrevista a la directora de los films
hecho por erotomana
VULVA
LAS HORMIGAS Y YO
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Rebecca Buendia
del blog de ANDREA MENENDEZ

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NO PUEDO
I
No me mires así
Me vulneras
No me hables así
Me seduces
No me escribas así
Me enamoras
No me toques así
Me posees
No me sueñes así
No es posible
No me beses así
Me bendices
No me llores así
Me destruyes
No me ames así
Que no puedo
II
Cae la tarde entre mis dedos
Mi corazón cae en tu alma
Mi piel cae en tu lecho
Y mi locura, en tu calma
Beso tus labios de fuego
Como se besa a un santo
Beso tu cuerpo y me muero
Mientras tu gemido es canto.
La puerta esconde tu imagen
La distancia se acrecienta
Nuestro amor es un ultraje
Que nuestra piel alimenta
III
Y ¿cómo mirar sus ojos,
Sin buscar los tuyos dentro?
¿Cómo tocar su piel,
si es la tuya la que siento?
¿Cómo no gritar tu nombre,
Si lo llevo hasta en los huesos?
¿Cómo no soñar contigo,
si eres el único en quien pienso?
Me atormenta no tenerte
Me destroza compartime
Soy feliz entre tus brazos
Quiero en tu cuerpo fundirme.

ARENA Magazine
Photography by
MATTHIAS VRIENS
May 2004
Otra vez Amarilis

El tiempo ha pasado y vuelves a mi memoria.
Entonces éramos nosotros; no tú, no yo. Me quiérote,
¿A quién llevas ahora? Contigo entre las piernas
¿Qué otro vientre recibe tu miel mía, peruano?
Hijo de perra, ¿lo haces? Pero allí no, nunca, con
Una vez dije allí no ¿recuerdas?, dije después
Júralo: no has de volver a esa cama con nadie.
O vuelve a la habitación 35. El tiempo ha pasado, ya
MUCHACHO

con disimulo, de arriba a abajo,
siento que arrancas tiras y tiras
de mi refajo...
Muchacho cuerdo: cuando me tocas
como al descuido la mano, a veces,
siento que creces
y que en la carne te sobran bocas.
Y yo tan seria, tan formalita,
tan buena joven, tan señorita,
para ocultarte también mi sed
te hablo de libros que no leemos,
de cosas tristes, del mar con remos;
te digo: usted...
CARILDA OLIVER LABRA
PRIMERA VEZ (Poema en lunfardo)
(para CARINA, en su Despedida de Soltera)
Cuando el chabón te de el brazo
pa´cruzar la puerta el telo,
despacito y sin camelo
tanteándole andá el pedazo.
Si lo manyás mortadela
Es que el punto ´stá nervioso
Sacudile una franela
Hasta que se le ponga groso
Ahí nomás al catre tiralo
y empezá con tu laburo:
la lengüita sobre el palo,
un dedo en el ojo oscuro.
Si no guasquea, ¡largalo!
¡Ligaste un puto! Seguro.
TITO DEVREK 10/2008
El lunfardo es el dialecto utilizado en la mayoría de los tangos. Puede ser considerado como el idioma del tango argentino.
Diccionario aquí
del blog de THC
ÉL, DESPUÉS DE TODO
E insiste en endulzar su boca con mi sexo, que se abre escarlata a la timidez vencida, tan húmeda.
Y apareció, él... con toda la nueva dificultad de aunar los tiempos y las traiciones. No existe la culpa en las paredes de nuestros encuentros; si se agigantan y aplastan lujuriosos a los fantasmas que quieren oscurecer nuestros vientres. Vientres que se descubren desesperados en una diabólica pasión santa.
El final, presente desde el principio, como una verdad inevitable, un morir que se hace desesperanza con el paso del tiempo. No hay silencio, aún, sólo gemidos. Todavía hay dilataciones, todavía es un corto y erecto tránsito, todavía estamos vivos en las dudas y en la agonía; pero... es tan difícil volver cuerpo al deseo.
SOFÍA LANDSMAN
El estado de la vulva en excitación
Ante un determinado estímulo erótico concreto, por ejemplo una pareja que se besuquea impudorosamente delante de tus narices en el autobús, lo primero es un rubor allí abajo, una ligerísima subida de temperatura.
La boca se saliva y la garganta se contrae, de modo que tragar se hace algo más costoso. Entonces los labios vaginales cosquillean sutilmente y sientes un leve rocío, como si sudaras por ahí abajo.
Esto sucede a lo largo de unos minutos, no es instantáneo. Dan ganas de frotarse allí, de apretar las piernas o de menearse. Si estás a solas todo se acelera porque puedes bajarte la ropa y acariciarte, pero si seguimos en el autobús, hay que mantener las formas y no es demasiado difícil.
Es momento de relajar la mente y dejar al cuerpo fluir, abandonarse y volverse más irresponsable, más facilona y frívola. Los ojos se entornan, los pezones se endurecen. Si alguien nos preguntase la hora, nuestra voz saldría más aguda que habitualmente, más melosa.
Sientes ya los labios pulposos y jugo entre ellos. Si el proceso se prolonga deleitándose en las sensaciones y la parejita impúdica de este cuento sigue dando espectáculo -el trayecto ha de ser largo- comienzan a caer gotitas espesas y dulzonas que empapan las bragas, pero difícilmente traspasan el pantalón. Es chulísimo notar ese líquido caliente resbalar despacito por la abertura inferior y perderse entre la carne.
Este sería el momento perfecto para ofrecer la fruta a un buen cipote armado, pero si no lo hay, no pasa nada: me conformo con mirar.
Susana Moo

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Camille and Clode
TANKA
Ordenadores y webcams
Me había puesto mi camisón negro transparente, que más que sugerir, mostraba plenamente todos mis encantos. Me metí en un chat que ponía “ciber sexo hetero y verdadero” y comencé a lanzar la caña a todos los nicks que me parecieron más sugerentes y provocadores. No tardé en verme bombardeada por una multitud de hombres acosándome para “hablar” conmigo. Tras escribirme con todos ellos apenas unas líneas, hice una selección y cogí a uno que decía llamarse “elplacerdeunagranpolla” Ese mismo me servía.-Hola encanto-comenzó él- ¿cuéntame cómo eres?Estaba convencida de que no pretendía que le contara nada sobre mí que no se refiriera exclusivamente a mi físico, así que fui al grano, exagerando en mis proporciones y dotando a mi cuerpo de una voluptuosidad sin precedentes.
-Tengo las tetas bien gordas y hermosas-comencé a decir-un culo de pecado que no abarcarías con tus manos y unos labios que te dejarían sin habla.
-Me la estás poniendo gorda como una berenjena-escribió de inmediato.
Pensé que la idea de una berenjena en mi cuerpo no me hacía demasiada gracia, aunque intenté relajarme y pensar que tampoco estaba tan mal imaginarme algo bien grande entre mis piernas, se trataba de exagerar y provocar la excitación lo más prontamente posible así que, como si fuera una experta chateadota, le seguí el juego.
-Hmmmm, escribí en el ordenador. ¡Cómo me gustaría verla! Lamería el monitor hasta dejarlo impregnado de saliva.
No hizo falta insistir mucho más, de inmediato apareció en mi esquina derecha del monitor un colosal instrumento completamente empinado y ligeramente torcido cual Torre de Pisa. Por fortuna no era una berenjena y sentí que entre mis piernas algo se despertaba.-Es impresionante-dije yo aún sobrecogida-
-Ahora yo soy quien quiere verte. Enséñame esas tetas que dices que tienes.
Enchufé mi webcam y miré mi imagen reflejada en la pantalla. Fue ahí cuando la parte racional y sensata de Ninetta empezó a hacer la puñeta a su lado más pasional y salvaje. Moví mi ratón hasta situar el cursor en el aspa que cerraba la conversación y pensé que lo mejor era no seguir a pesar de todo.
Lo cierto es que excitada, estaba, y mucho.
ALICE CARROL
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del blog de THC
Disfrutar con los ojos cerrados
Supo hacerme las preguntas justas y guardó silencio cuando correspondía. Parecía intuir todo sobre mí. Y me incentivó poco a poco a hablar de temas íntimos. Enseguida estuvimos hablando de sexo sin tapujos y sus manos en mi cuerpo comenzaban a tener un sentido más que relajante.
Yo estaba recostada en la camilla, boca abajo, los brazos al costado y con una toalla reposando entre mi cintura y el comienzo de mis piernas. Tenía los ojos cerrados y me había abandonado al contacto de sus manos llenas de crema resbalando por mi espalda.
— Hace tiempo que tienen problemas con tu novio… Entiendo que te cele: sos una mujer hermosa. Tendrían que hacer algo para estar mejor, ¿no?
Yo no respondía con mi voz, sino con suaves movimientos de mi cuerpo. ¡Estaba tan relajada que no quería levantar mi cabeza ni pronunciar palabras! Sólo escuchaba. Mi cuerpo dijo “sí”.
Bajó por mi brazo derecho lentamente, masajeándolo. Al llegar a mi muñeca saltó a la rodilla y fue hasta mis pies. Empezó a subir desde los gemelos hasta las ingles transmitiendo calor y fuerza. Friccionaba enérgicamente una pierna mientras pasaba el dorso de su mano por la otra, con una suavidad que me erizaba la piel y minimizaba el dolor de la fuerte presión muscular.
—Él tendría que aprender a realizar masajes. La relajación es la puerta de entrada a la pasión.Sus palabras rebotaron en el pequeño consultorio y en la oscuridad del cielo estrellado que era lo único que yo veía. Sus dos manos se concentraron en mi pierna derecha. Avanzaban en movimientos circulares. Bajaban hasta la rodilla y subían nuevamente, cada vez más alto. Cuando sin querer se encontró con la toalla el contacto desapareció y volví a sentirlo en mis hombros. Se desplazó por mi espalda y mi cintura dibujando figuras como un patinador sobre el hielo. Luego de unos minutos sus dedos caminaron en la piel y fueron hacia las piernas empujando a su paso parte de la toalla.
—Tu piel es magnética, Raquel. Guía mis manos al recorrido que tu cuerpo pide.
La voz grave transitaba mi cuerpo y llegaba a mis oídos haciendo vibrar los lugares por donde pasaba.
Los movimientos del masaje se habían vuelto frenéticos y recorrían con velocidad mis piernas, mis muslos y por momentos subían hasta mi cintura. Una suave ráfaga de aire fresco alivió momentáneamente el calor. Segundos después me di cuenta de que la brisa la había generado la toalla cayendo al piso.
—No abras los ojos. Concéntrate sólo en disfrutar.
Se alejó un momento y volvió a mi cuerpo con caricias. Como si tuviera un mapa de mis sensaciones recorrió cada fragmento de mi piel. Yo sólo era un ente dispuesto al placer: me estremecía, estiraba las piernas y arqueaba la espalda. Las manos, en ese momento más frías —o al menos así las sentía— recorrían mi cuello, mi espalda, las piernas y la línea de mi cola, donde supo estar la toalla.
Tuve temor de lo que pudiera pasar, pero no quería que se detuviera, estaba disfrutando mucho. Estremecida levanté mi pelvis y al apoyarla nuevamente en la camilla su mano encontró mi sexo. Ya no había vuelta atrás. Podía sentir sus dedos rozándome y mi humedad lubricándolos. Descubrió cada lugar de mi entrepierna con el mismo nivel de detalle que anteriormente tuvo con mi cuerpo. Mis manos se abrían y se cerraban guardándose la diminuta sábana que cubría la camilla. Cuando sus dedos comenzaron a acariciarme por dentro mordí con fuerza la tela. Mi cuerpo respondía como un eco, obediente a sus exploraciones.
Después de que empezó a sonar la música sus manos se alejaron de mí por un segundo que fue una eternidad. Luego, con la facilidad con que se moldea la arcilla húmeda, arrastró mi cuerpo hacia el suyo y separó mis piernas. Apoyó una mano en mi espalda y acercó su cuerpo al mío. Con un permiso que dio mi cuerpo pero no mis ojos, él entró en mí. Me guió en un baile muy rítmico que tuvo el vaivén de las olas y la intensidad de la tormenta. Junto a mi respiración agitada se escaparon algunos gritos ahogados que supieron esquivar la tela e integrarse al aire del consultorio.
Cuando el quejido de mi placer se hizo más audible que la música y mi mundo estrellado se pintaba de colores, todo se detuvo. Mientras con su mano aún sostenía mi pierna sentí unas gotas frías cayendo en mi espalda. Decepcionada abrí los ojos y la confusión me sacó del trance inmediatamente: Ramiro, con su delantal blanco, estaba parado junto al equipo de música observando todo. Giré mi cabeza y me incorporé en la camilla asustada. Quién estaba detrás mío era Agustín, mi novio. Su rostro estaba fruncido y lleno de lágrimas. De un salto me levanté y fui al cambiador gritando con bronca:
—¡Hijos de puta!
Mientras me vestía escuchaba su diálogo entre murmullos:
—Boludo, ahora se enojó conmigo y yo no hice nada.
—¿Pero viste? —los sollozos entrecortaban las palabras
— ¡Yo tenía razón! ¡Si vos seguías la tenías! ¡Es una turra!
Ya vestida, me acerqué hacia ellos, que estaban contra la pared. Me agaché, apoyé cada mano en una de sus piernas y fui subiendo lentamente. Recorrí la cintura de ambos y luego crucé los brazos haciendo que mis manos acaricien sus erecciones. Volví a cruzarlas deteniéndome en su zona erógena a punto de explotar. La caricia bajaba y y subía. Cuando en cada mano sentí el peso del escroto apreté con fuerza clavando además mis uñas. Quedaron agachados, tocándose y balbuceando. Apagué sus quejidos y la música melosa al cerrar tras de mí la puerta del consultorio.
WALTER PASCUAL
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T.I.T. fotosLA MUJER DEL ESPEJO
ASIGNATURA PENDIENTE

"LADYSHUGAR"
Silvia Mardony


















