
erotismo femenino... por qué ellos guiaron a la fuerza nuestro deseo durante siglos... pero siempre se mantuvo intacto en nuestro interior...
ANEXIONANDONOS
Con la lengua delineo el contorno de tus labios apenas degustando las cosquillas de tu barba.
¡Qué boca perfecta!
Disfrutar lamer esa pequeña porción de ausente bello junto a la comisura de tu gloriosa boca. Deslizar la lengua, recorrer tu cara, nunca a contrapelo.
Tú oreja, deliciosa. Comerla a besos, babear cada pabellón. Con la punta de mi lengua tiesa penetrar. Succionarte el lóbulo.
Oler tu cuello.
Iniciar el camino, separar tus brazos y mi seno contra tu pecho. Contornearme para delatar tu cuerpo.
Se corta el silencio por tu jadeo, suave emisión desliza tu sueño.
Imprimir las uñas en tu torso erizado. Dirigir mi aliento.
Detenerme.
Gemidos recíprocos envuelven el tiempo.
Permitirle al sudor conjugarse. Entre baba y deseo hundir mi boca ya sin aliento.
Besar, succionar, chupar babosear, disfrutar de tu ondular.
Las manos a pleno y tus yemas gritan.
¿Te abandonó el buen sueño?
Hamacar nuestras pelvis.
Zozobrar los quejidos.
Anudados, presionados, amalgamados, inquietados, recibidos, estivados.
Esculpir tu pasión dentro de mí en un estruendo.
Encontrar repentino que el sueño esta noche te fue interrumpido.
Disfrutar el sorroche.
Ahora sí, te dejo dormido.
valy wainer
MIA

TU ESPALDA
TUS MUSLOS
Y TUS PECHOS
DEJO APARECER
TUS HOMBROS
Y DENSA TE LIBERO
DEAMBULO CON MI LENGUA
POR MI NUEVO
DESCUBRIMIENTO
Y TE SIENTO LLENATE VACIO
Y TE BEBO.
LOCURA

LOS TESTIGOS

Espías son de nuestro acto los testigos silenciosos,
Testigo es aquel espejo que siente suyo el cansancio
Es testigo la cortina,
Sin embargo estos testigos siguen en sus sitios,
Secundando nuestro amor,
Sin contarlo.
LA DESPEDIDA
Con tres vocales, una ere y una ese, era imposible que no tuviera scrábel, por fuerza tenía que encontrar una palabra de siete letras, había que pensar un poco, nada más, tomarse unos minutos y unos sorbos más de café con leche, cambiar las letras de lugar en el soporte y listo, hecho: “totoras”, siete letras, scrábel, cincuenta puntos de premio, sesenta y cuatro puntos en total.
-¿Ya empezás con los scrábeles vos?- le dijo Ricardo-.
Mejor para mi, ¿no ves que me abrís el triplique zonza?
-¿Qué triplique, qué vas a poner ahí? ¿Totorase del verbo totoral? ¿Totoraza aumentativo de totora?.
Y mientras él pensaba, retorciéndose las pintas del bigote su próxima jugada, ella miró fijamente el tablero para no mirarlo a él y sobre el tablero, sin embargo, volvió a ver su cara y supo cuánto le iba a doler no verlo más, como iba a extrañar el peso de su cuerpo. Tres años perdidos, diría su abuelita: ese mal hombre te hizo perder tres años.
-No se me ocurre nada- dijo Ricardo después de un rato largo-.¡Ah, sí! Pongo “da”. Tres puntos.
-Vos tenés otra de. Te conviene así: “dad” y “vid”, agarrás el duplique y tenés diez, catorce, diecisiete puntos.
-Ya me estuviste mirando las letras.
-Bueno... para ayudarte, ¿no? Si no se hace muy aburrido- dijo Paula. Y aunque sabía que así se terminaba el juego, dijo también en un impulso-: Vos estás con otra.
-Sí- dijo Ricardo, sobresaltado y con alivio-. ¿Cómo sabías?
-“Truncara”, otra vez hago scrábel- y se sentía orgullosa, Paulita, de haber logrado colocar las siete letras teniendo sólo una u y una a, y usando otra vocal del tablero. Orgullosa. Destrozada. Pensaba en una jugada imaginaria, primero hacer scrábel con trozada, agarrando un duplique con los diez puntos de la zeta y tener suerte, después, de conseguir antes que su contrincante las letras necesarias para formar el prefijo des. Poner destrozada triplicando toda la palabra, lo suficiente como para ganarle un partido a un jugador mucho mejor que Ricardo. Pero, aunque anotó los puntos “truncara” ya no tenía sentido seguir jugando.
-Qué se yo. Sabía. Se te nota. Ayer a la noche la viste- dijo al azar-. Pero todavía no te acostaste con ella.
-Qué hija de puta que sos. Sabés todo- dijo Ricardo con admiración-.
Paula no sabía todo, pero se iba enterando. Sentía todos los músculos de su cuerpo repentinamente flojos, débiles, se preguntaba si podría pararse. Prendió un cigarrillo. Sus movimientos le parecían muy lentos, como si estuviera dentro de agua, muy adentro, en el fondo, con todo el peso del océano sobre ella. Tenía frío también. Para escaparse del dolor trató de ubicarse mentalmente en el futuro, un año después; desde la distancia, desde otro hombre, recordaría esta escena con indiferencia.
Pensó en el amor como en un hipopótamo, el trote torpe y destructor de un hipopótamo desbastando sectores de la selva a su paso, indiferente a todo lo que no fuera procurarse alimento, zambullirse en el agua, imbécil y torpe amor.
-Entonces, no vas a querer verme más, ahora. Y ya se terminó todo.
-Sí. Se terminó. – Y aunque no tenía ganas de mirarla, estaba contento, Ricardo, de que la perspicacia de Paula le ahorrara tantas difíciles explicaciones la miró, entonces, con ternura, le acarició la cara.
-Te quiero mucho. Sabés eso, también, ¿no es cierto?
Y eso sí que colmaba, excedía la medida de lo soportable, el afecto de Ricardo, su estimación, su aprecio. Paula pensó en todo lo que él mucho le quitaba al te quiero y supo que no podría vivir con ese cariño a cuestas, que no era así, con una tenue ternura, como deseaba ser recordada.
-Y como igual ya se terminó todo, ahora podemos decirnos la verdad, ¿no?. Ahora me podés contar con quién estabas ese fin de semana en que te fuiste a Mendoza. Siempre tuve esa curiosidad.
-Nada, no pasó nada, me fui a Mendoza, al congreso, como te dije.
-Para qué vas a macanear, si ya no tiene importancia. Si yo sé que estabas con alguien, te pisaste.
-Bueno, estaba en Córdoba, no en Mendoza. Con una de mis primas de Córdoba, ¿te acordás?.
-Y yo estaba con Pancho. Ese fin de semana me acosté con Panchito.
-¿Por qué hiciste eso?- dijo Ricardo, todavía sin creer en lo que estaba escuchando pero ya angustiado, dolorido, con la palidez de quien acaba de recibir un fuerte golpe en la cabeza. Porque a Paula, que lo quería, nunca le habían molestado las infidelidades de Ricardo, todo lo que la preocupaba era que volviera con ella y en cambio a Ricardo, que no la quería, las infidelidades de Paula lo volvían loco de dolor y de celos.
-Bueno, no me iba a quedar en casa chupándome el dedo mientras vos andabas por ahí desflorando primitas.
La alusión, esta vez no era azarosa, apuntaba concretamente a una de las infidelidades de Ricardo que, siempre inseguro de su capacidad de seducción, se inclinaba para superar desafíos, prefería las tareas difíciles, con obstáculos, las mujeres vírgenes. Cierta vez una de sus alumnas, agradecida, le había regalado un ejemplar del Martín Fierro encuadernado en piel que Ricardo le había mostrado a Paula, un poco avergonzado.
-pero yo no te pregunté nada- dijo ahora Ricardo-. Yo no quería saber nada. ¿Por qué me tuviste que contar eso?. Y Paula no sabía bien por qué, buscaba algo que pudiera lastimarlo, hacerle compartir una parte del dolor, hubiera querido clavarle un instrumento largo y delgado en el pecho, una aguja de tejer, por ejemplo, con la punta doblada como un anzuelo y arrancarla después de un tirón, untarle la herida con mostaza.
-La pasamos bien con Panchito. Hacía tiempo que le tenía ganas.
En los últimos tres años había tenido tiempo de conocerlo bien a Ricardo, Paulita, y sabía que, aunque el instrumento del amor estaba roto, todavía podía hacerlo bailar con el del odio. Iba a ser una despedida fuerte, con ganas, una buena despedida.
-¿Y qué hicieron?- dijo Ricardo, con voz indiferente.
-Y qué íbamos a hacer. Cojimos.
-¿Cuántas veces?
-Qué te importa.
-Te pregunté cuántas veces- y la voz de Ricardo sonaba sibilante ahora, contenida, aunque todavía impersonal, distante.
-Tres veces.
-¿Y después? ¿Volviste a acostarte con él, después?
-No, después vos volviste de Mendoza. O de Córdoba, mejor dicho. Después no lo vi más.
-¿Y qué tal coje Panchito? ¿Mejor que yo?
-No se, distinto. No me voy a poner a contarte los detalles, ¿no?
Entonces Ricardo dejó caer toda la apariencia de tranquilidad de fría curiosidad científica, y avanzó pesadamente hacia ella, jadeando, con los ojos enrojecidos, temblando de odio y de celos. Paulita retrocedió, apoyándose contra el respaldo del sillón. Ricardo le agarró el brazo, apretándole la muñeca con fuerza.
-Sí, justamente, putita, puta reventada, vas a contarme todos los detalles. ¿Se la chupaste? Quiero saber todos los detalles. Contestame. Ahora me vas a decir si se la chupaste.
-Sí se la chupé, soltame! (Paulita trataba de liberar su brazo, se retorcía de dolor.)
Y Ricardo le preguntó también cómo se la había chupado, si se la había metido toda en la boca, Panchito, si lo había acariciado con la lengua, si se había tomado la leche y como Paula se negaba a contestar acompañó Ricardo, cada una de sus preguntas con una bofetada seca, dura, impersonal, hasta hacerle sentir en la boca el gusto de la sangre, hasta que Paulita, en un estallido de rabia, de dolor y de deseo, inventando a partir del confuso recuerdo de una breve historia de amor que había sucedido hacía casi un año, una historia cuyo único sentido había sido precisamente éste: la posibilidad de atesorarla, de convertirla en recuerdo y en relato, porque, aunque era cierto que le tenía ganas, por Ricardo y para Ricardo se había acostado Paula con Panchito, le contó con placer-Paula- cómo lo había acariciado con la lengua, lentamente, primero las pelotas, y había subido después, desde la raíz a la cabeza, lentamente con la lengua, antes de ponérselo todo en la boca y comenzar con el movimiento acompasado, sin dejar de trabajar entretanto, con la lengua, hasta hacerlo acabar, a Panchito, hasta sentir en la boca el sabor tibio, picante y sabroso de su semen, hasta tragárselo todo y era mentira, claro, porque la leche no le gustaba a Paulita, le daba arcadas y Ricardo debería saberlo, recordarlo, si sólo se encontrase en condiciones de saber o recordar alguna cosa.
-¿Y cómo tiene el palo, Panchito? ¿Lo tiene grande? ¿Más grande que el mío?
-No tiene palo, Panchito, ¡Tiene sable! Porque lo tiene más largo que el tuyo y más finito, y un poco curvado hacia abajo y entonces no le dice palo, Panchito; palo le decís vos, él le dice su sable. ¡El sable corvo de San Martín!.
Y ya francamente disfrutando la situación, Paulita, ya si necesidad de bofetadas, golpeando ella, con sus palabras, se enfrascó en una detallada descripción y clasificación de los hombres que había conocido o imaginado y cómo solía suceder que dieran ellos un nombre particular a su propio sexo, un nombre inventado o elegido entre los muchos nombres conocidos, y cómo ese nombre generalmente en relación con ciertas características físicas que cada uno de ellos consideraba universales y eran en realidad personales y privadas y así había conocido, Paulita, a la Chancha y al Cabezón, a la Varita mágica y a Perico de los Palotes y al Bastón Vigilante y pasó después, Paulita a relatar con delectación los diversos placeres, ya decididamente imaginarios, que cada instrumento, de acuerdo con su forma o su tamaño, era capaz de provocar en una mujer.
Hasta que la hizo callar, Ricardo, enroscándole la mano en el pelo y tirando hacia abajo, retorciéndole el brazo al mismo tiempo hasta obligarla a ponerse de rodillas con la cabeza echada para atrás, mientras se desabrochaba los pantalones, y se la hizo chupar, Ricardo, como en su historia se la había chupado Paula a Panchito.
Y después la hizo retroceder, Ricardo a Paulita, y le ordenó que se sacara la camisa y se acariciara os pechos, y la miró, mordisqueándose las puntas del bigote, mientras ella se acariciaba y la ayudó después a sacarse los pantalones y le ordenó caminar así, semidesnuda, en cuatro patas por la habitación, y obedeció Paulita, a sus órdenes corriendo como un perro, a su llamado, y la besó en el cuello Ricardo a Paulita, y jugó a acercar y alejar su boca de sus pezones, tocándolos con los labios, el bigote, y puso la boca sobre uno de ellos rozándolo apneas, hábilmente, con los dientes, mientras si abrazo le rodeaba la cintura acariciándole las nalgas, las caderas, y la otra mano subía despacito desde la rodilla hacia arriba, por la cara interna del muslo hacia su centro, hasta mojar los dedos en su sexo húmedo para lubricar la caricia aterradoramente suave.
Y sitió, Paulita, las ondas de deseo que partían desde su centro en convulsivos espasmos y el deseo era también placer, placer y deseo al mismo tiempo en un solo nudo, hasta sentir toda su piel erizada, dispuesta, hasta sentir pinchazos como los que podría causar una aguja increíblemente fina en la pinta de los dedos, hasta que no pudo resisitirlo más, Paulita, y de su boca entreabierta comenzaron a escaparse quejidos, el sonido del goce, y ese sonido, el de su propia respiración hecha voz, elevó más todavía la ola del deseo.
Entonces entró en ella, Ricardo, y su lengua entró en la boca de Paula, recorriendo los dientes, las encías, mientras ella mantenía los dientes apretados, obligándola a separarlos, violándole la boca mientras se movía dentro de su cuerpo. Y la llamó mi yegua, Ricardo, a Paula, mi puta, mi hembra, mientras se estremecían juntos en un instante final, interminable.
Pero después todo seguía igual y le acarició el pelo con ternura, a Paulita, Ricardo, con tristeza mientras se vestían, recordaron entonces, que se estaban despidiendo, y se puso a llorar, Paulita, y Ricardo también lloró un poco y se abrazaron muy fuerte y Ricardo le pidió perdón a Paulita porque ya no la quería y Paula se preguntó en silencio por qué miércoles no la querría más, los misterios de eso hipopótamo, el torpe amor.
Y Ricardo se fue y esta vez se fue para siempre y la miró con afecto a Paulita en el palier, mientras esperaban el ascensor, sos una buena chica, le dijo, te voy a extrañar mucho.
Entonces Paulita se puso en puntas de pie y lo hizo inclinarse hacia ella porque estaban en el palier y quería decirle algo más y decírselo, además en el oído. Y abrazándolo, en el oído, le dijo muy bajito susurrando, a Ricardo, Paulita:
-Te olvidaste preguntarme. También me la dio por el culo, Panchito.
Y después entró a su casa y cerró la puerta.
Como un boxeador cansado, derrotado, que vuelve a los vestuarios escuchando todavía los gritos del público que festejaban al triunfador, se arrastró Paulita hasta el baño. Como un boxeador cansado, derrotado, tenía la cara, Paulita, pero todavía manchada de sangre y semen y mocos y sudor, y negras lágrimas cargadas de pintura. Y mientras se enjabonaba debajo de la ducha, Paulita, mientras dejaba que el agua le empapase el pelo, corriera por s cuerpo, Paulita pensó que Ricardo podía golpearla y humillarla, podía hacerla gozar, podía darle placer y dolor y tristeza, podía abandonarla, pero nunca, nunca jamás, ni aunque viviese un millón de años, iba a poder ganarle a un partido de scrábel, Ricardo a Paulita.
del libro "CUENTOS ERÓTICOS" Eryda Editores 1984
Gracias IRI por tu aporte.
NO SE ME IMPORTA UN PITO...
No se me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de sorportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono,
bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase,
tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?
¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,
volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa.
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando,
de algún paseo por los alrededores!
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.
"¡María Luisa! ¡María Luisa!"... y a los pocos segundos,
ya me abrazaba con sus piernas de pluma,
para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
que nos aproximaba al paraíso;
durante horas enteras nos anidábamos en una nube,
como dos ángeles, y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta,
el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera...,
aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!
¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes...
la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea,
¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre?
¿Verdad que no hay diferencia sustancial
entre vivir con una vaca o con una mujer
que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender l
a seducción de una mujer pedestre,
y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar
que pueda hacerse el amor más que volando.
OLIVERIO GIRONDO
otro trailer de porno para mujeres x Erika Lust
Teaser 5 Sensual Stories by Erika Lust
Cargado por lustfilms
para los que gusten aquí link a una muy buena entrevista a la directora de los films
hecho por erotomana
VULVA
LAS HORMIGAS Y YO
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Rebecca Buendia
del blog de ANDREA MENENDEZ

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NO PUEDO
I
No me mires así
Me vulneras
No me hables así
Me seduces
No me escribas así
Me enamoras
No me toques así
Me posees
No me sueñes así
No es posible
No me beses así
Me bendices
No me llores así
Me destruyes
No me ames así
Que no puedo
II
Cae la tarde entre mis dedos
Mi corazón cae en tu alma
Mi piel cae en tu lecho
Y mi locura, en tu calma
Beso tus labios de fuego
Como se besa a un santo
Beso tu cuerpo y me muero
Mientras tu gemido es canto.
La puerta esconde tu imagen
La distancia se acrecienta
Nuestro amor es un ultraje
Que nuestra piel alimenta
III
Y ¿cómo mirar sus ojos,
Sin buscar los tuyos dentro?
¿Cómo tocar su piel,
si es la tuya la que siento?
¿Cómo no gritar tu nombre,
Si lo llevo hasta en los huesos?
¿Cómo no soñar contigo,
si eres el único en quien pienso?
Me atormenta no tenerte
Me destroza compartime
Soy feliz entre tus brazos
Quiero en tu cuerpo fundirme.

ARENA Magazine
Photography by
MATTHIAS VRIENS
May 2004
Otra vez Amarilis

El tiempo ha pasado y vuelves a mi memoria.
Entonces éramos nosotros; no tú, no yo. Me quiérote,
¿A quién llevas ahora? Contigo entre las piernas
¿Qué otro vientre recibe tu miel mía, peruano?
Hijo de perra, ¿lo haces? Pero allí no, nunca, con
Una vez dije allí no ¿recuerdas?, dije después
Júralo: no has de volver a esa cama con nadie.
O vuelve a la habitación 35. El tiempo ha pasado, ya
MUCHACHO

con disimulo, de arriba a abajo,
siento que arrancas tiras y tiras
de mi refajo...
Muchacho cuerdo: cuando me tocas
como al descuido la mano, a veces,
siento que creces
y que en la carne te sobran bocas.
Y yo tan seria, tan formalita,
tan buena joven, tan señorita,
para ocultarte también mi sed
te hablo de libros que no leemos,
de cosas tristes, del mar con remos;
te digo: usted...
CARILDA OLIVER LABRA
PRIMERA VEZ (Poema en lunfardo)
(para CARINA, en su Despedida de Soltera)
Cuando el chabón te de el brazo
pa´cruzar la puerta el telo,
despacito y sin camelo
tanteándole andá el pedazo.
Si lo manyás mortadela
Es que el punto ´stá nervioso
Sacudile una franela
Hasta que se le ponga groso
Ahí nomás al catre tiralo
y empezá con tu laburo:
la lengüita sobre el palo,
un dedo en el ojo oscuro.
Si no guasquea, ¡largalo!
¡Ligaste un puto! Seguro.
TITO DEVREK 10/2008
El lunfardo es el dialecto utilizado en la mayoría de los tangos. Puede ser considerado como el idioma del tango argentino.
Diccionario aquí
del blog de THC
ÉL, DESPUÉS DE TODO
E insiste en endulzar su boca con mi sexo, que se abre escarlata a la timidez vencida, tan húmeda.
Y apareció, él... con toda la nueva dificultad de aunar los tiempos y las traiciones. No existe la culpa en las paredes de nuestros encuentros; si se agigantan y aplastan lujuriosos a los fantasmas que quieren oscurecer nuestros vientres. Vientres que se descubren desesperados en una diabólica pasión santa.
El final, presente desde el principio, como una verdad inevitable, un morir que se hace desesperanza con el paso del tiempo. No hay silencio, aún, sólo gemidos. Todavía hay dilataciones, todavía es un corto y erecto tránsito, todavía estamos vivos en las dudas y en la agonía; pero... es tan difícil volver cuerpo al deseo.
SOFÍA LANDSMAN
El estado de la vulva en excitación
Ante un determinado estímulo erótico concreto, por ejemplo una pareja que se besuquea impudorosamente delante de tus narices en el autobús, lo primero es un rubor allí abajo, una ligerísima subida de temperatura.
La boca se saliva y la garganta se contrae, de modo que tragar se hace algo más costoso. Entonces los labios vaginales cosquillean sutilmente y sientes un leve rocío, como si sudaras por ahí abajo.
Esto sucede a lo largo de unos minutos, no es instantáneo. Dan ganas de frotarse allí, de apretar las piernas o de menearse. Si estás a solas todo se acelera porque puedes bajarte la ropa y acariciarte, pero si seguimos en el autobús, hay que mantener las formas y no es demasiado difícil.
Es momento de relajar la mente y dejar al cuerpo fluir, abandonarse y volverse más irresponsable, más facilona y frívola. Los ojos se entornan, los pezones se endurecen. Si alguien nos preguntase la hora, nuestra voz saldría más aguda que habitualmente, más melosa.
Sientes ya los labios pulposos y jugo entre ellos. Si el proceso se prolonga deleitándose en las sensaciones y la parejita impúdica de este cuento sigue dando espectáculo -el trayecto ha de ser largo- comienzan a caer gotitas espesas y dulzonas que empapan las bragas, pero difícilmente traspasan el pantalón. Es chulísimo notar ese líquido caliente resbalar despacito por la abertura inferior y perderse entre la carne.
Este sería el momento perfecto para ofrecer la fruta a un buen cipote armado, pero si no lo hay, no pasa nada: me conformo con mirar.
Susana Moo

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Camille and Clode
TANKA
Ordenadores y webcams
Me había puesto mi camisón negro transparente, que más que sugerir, mostraba plenamente todos mis encantos. Me metí en un chat que ponía “ciber sexo hetero y verdadero” y comencé a lanzar la caña a todos los nicks que me parecieron más sugerentes y provocadores. No tardé en verme bombardeada por una multitud de hombres acosándome para “hablar” conmigo. Tras escribirme con todos ellos apenas unas líneas, hice una selección y cogí a uno que decía llamarse “elplacerdeunagranpolla” Ese mismo me servía.-Hola encanto-comenzó él- ¿cuéntame cómo eres?Estaba convencida de que no pretendía que le contara nada sobre mí que no se refiriera exclusivamente a mi físico, así que fui al grano, exagerando en mis proporciones y dotando a mi cuerpo de una voluptuosidad sin precedentes.
-Tengo las tetas bien gordas y hermosas-comencé a decir-un culo de pecado que no abarcarías con tus manos y unos labios que te dejarían sin habla.
-Me la estás poniendo gorda como una berenjena-escribió de inmediato.
Pensé que la idea de una berenjena en mi cuerpo no me hacía demasiada gracia, aunque intenté relajarme y pensar que tampoco estaba tan mal imaginarme algo bien grande entre mis piernas, se trataba de exagerar y provocar la excitación lo más prontamente posible así que, como si fuera una experta chateadota, le seguí el juego.
-Hmmmm, escribí en el ordenador. ¡Cómo me gustaría verla! Lamería el monitor hasta dejarlo impregnado de saliva.
No hizo falta insistir mucho más, de inmediato apareció en mi esquina derecha del monitor un colosal instrumento completamente empinado y ligeramente torcido cual Torre de Pisa. Por fortuna no era una berenjena y sentí que entre mis piernas algo se despertaba.-Es impresionante-dije yo aún sobrecogida-
-Ahora yo soy quien quiere verte. Enséñame esas tetas que dices que tienes.
Enchufé mi webcam y miré mi imagen reflejada en la pantalla. Fue ahí cuando la parte racional y sensata de Ninetta empezó a hacer la puñeta a su lado más pasional y salvaje. Moví mi ratón hasta situar el cursor en el aspa que cerraba la conversación y pensé que lo mejor era no seguir a pesar de todo.
Lo cierto es que excitada, estaba, y mucho.
ALICE CARROL
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del blog de THC
Disfrutar con los ojos cerrados
Supo hacerme las preguntas justas y guardó silencio cuando correspondía. Parecía intuir todo sobre mí. Y me incentivó poco a poco a hablar de temas íntimos. Enseguida estuvimos hablando de sexo sin tapujos y sus manos en mi cuerpo comenzaban a tener un sentido más que relajante.
Yo estaba recostada en la camilla, boca abajo, los brazos al costado y con una toalla reposando entre mi cintura y el comienzo de mis piernas. Tenía los ojos cerrados y me había abandonado al contacto de sus manos llenas de crema resbalando por mi espalda.
— Hace tiempo que tienen problemas con tu novio… Entiendo que te cele: sos una mujer hermosa. Tendrían que hacer algo para estar mejor, ¿no?
Yo no respondía con mi voz, sino con suaves movimientos de mi cuerpo. ¡Estaba tan relajada que no quería levantar mi cabeza ni pronunciar palabras! Sólo escuchaba. Mi cuerpo dijo “sí”.
Bajó por mi brazo derecho lentamente, masajeándolo. Al llegar a mi muñeca saltó a la rodilla y fue hasta mis pies. Empezó a subir desde los gemelos hasta las ingles transmitiendo calor y fuerza. Friccionaba enérgicamente una pierna mientras pasaba el dorso de su mano por la otra, con una suavidad que me erizaba la piel y minimizaba el dolor de la fuerte presión muscular.
—Él tendría que aprender a realizar masajes. La relajación es la puerta de entrada a la pasión.Sus palabras rebotaron en el pequeño consultorio y en la oscuridad del cielo estrellado que era lo único que yo veía. Sus dos manos se concentraron en mi pierna derecha. Avanzaban en movimientos circulares. Bajaban hasta la rodilla y subían nuevamente, cada vez más alto. Cuando sin querer se encontró con la toalla el contacto desapareció y volví a sentirlo en mis hombros. Se desplazó por mi espalda y mi cintura dibujando figuras como un patinador sobre el hielo. Luego de unos minutos sus dedos caminaron en la piel y fueron hacia las piernas empujando a su paso parte de la toalla.
—Tu piel es magnética, Raquel. Guía mis manos al recorrido que tu cuerpo pide.
La voz grave transitaba mi cuerpo y llegaba a mis oídos haciendo vibrar los lugares por donde pasaba.
Los movimientos del masaje se habían vuelto frenéticos y recorrían con velocidad mis piernas, mis muslos y por momentos subían hasta mi cintura. Una suave ráfaga de aire fresco alivió momentáneamente el calor. Segundos después me di cuenta de que la brisa la había generado la toalla cayendo al piso.
—No abras los ojos. Concéntrate sólo en disfrutar.
Se alejó un momento y volvió a mi cuerpo con caricias. Como si tuviera un mapa de mis sensaciones recorrió cada fragmento de mi piel. Yo sólo era un ente dispuesto al placer: me estremecía, estiraba las piernas y arqueaba la espalda. Las manos, en ese momento más frías —o al menos así las sentía— recorrían mi cuello, mi espalda, las piernas y la línea de mi cola, donde supo estar la toalla.
Tuve temor de lo que pudiera pasar, pero no quería que se detuviera, estaba disfrutando mucho. Estremecida levanté mi pelvis y al apoyarla nuevamente en la camilla su mano encontró mi sexo. Ya no había vuelta atrás. Podía sentir sus dedos rozándome y mi humedad lubricándolos. Descubrió cada lugar de mi entrepierna con el mismo nivel de detalle que anteriormente tuvo con mi cuerpo. Mis manos se abrían y se cerraban guardándose la diminuta sábana que cubría la camilla. Cuando sus dedos comenzaron a acariciarme por dentro mordí con fuerza la tela. Mi cuerpo respondía como un eco, obediente a sus exploraciones.
Después de que empezó a sonar la música sus manos se alejaron de mí por un segundo que fue una eternidad. Luego, con la facilidad con que se moldea la arcilla húmeda, arrastró mi cuerpo hacia el suyo y separó mis piernas. Apoyó una mano en mi espalda y acercó su cuerpo al mío. Con un permiso que dio mi cuerpo pero no mis ojos, él entró en mí. Me guió en un baile muy rítmico que tuvo el vaivén de las olas y la intensidad de la tormenta. Junto a mi respiración agitada se escaparon algunos gritos ahogados que supieron esquivar la tela e integrarse al aire del consultorio.
Cuando el quejido de mi placer se hizo más audible que la música y mi mundo estrellado se pintaba de colores, todo se detuvo. Mientras con su mano aún sostenía mi pierna sentí unas gotas frías cayendo en mi espalda. Decepcionada abrí los ojos y la confusión me sacó del trance inmediatamente: Ramiro, con su delantal blanco, estaba parado junto al equipo de música observando todo. Giré mi cabeza y me incorporé en la camilla asustada. Quién estaba detrás mío era Agustín, mi novio. Su rostro estaba fruncido y lleno de lágrimas. De un salto me levanté y fui al cambiador gritando con bronca:
—¡Hijos de puta!
Mientras me vestía escuchaba su diálogo entre murmullos:
—Boludo, ahora se enojó conmigo y yo no hice nada.
—¿Pero viste? —los sollozos entrecortaban las palabras
— ¡Yo tenía razón! ¡Si vos seguías la tenías! ¡Es una turra!
Ya vestida, me acerqué hacia ellos, que estaban contra la pared. Me agaché, apoyé cada mano en una de sus piernas y fui subiendo lentamente. Recorrí la cintura de ambos y luego crucé los brazos haciendo que mis manos acaricien sus erecciones. Volví a cruzarlas deteniéndome en su zona erógena a punto de explotar. La caricia bajaba y y subía. Cuando en cada mano sentí el peso del escroto apreté con fuerza clavando además mis uñas. Quedaron agachados, tocándose y balbuceando. Apagué sus quejidos y la música melosa al cerrar tras de mí la puerta del consultorio.
WALTER PASCUAL
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T.I.T. fotosLA MUJER DEL ESPEJO
ASIGNATURA PENDIENTE

"LADYSHUGAR"
Silvia Mardony
PARA DECIRLO DE ALGUNA MANERA
Un pez escapa un pez cimbreante y fúlgido
Y huidizo se escapa pero aletea próximo
Rozando un alga de oro.
El agua envuelve pesa ahoga enardece
O sepulta.
Una ola levanta oscuramente
Su delgada carrera fulgurante.
De pronto se retira. Algo se ahoga
Algo va centellea fuga se hunde
Reaparece. Un látigo de sombra
Pega pasa retorna pega aún
Se enrosca al cuello al pecho a la cintura
Suena lánguido y limpio y acaricia. Pasa y pega.
Pega y sombrea lento
Y un sordo sol amargo rueda al fondo.
Entre cosas oscuras entre líquenes
Entre formas babosas y vibrantes
Un golpe y un susurro un golpe y un susurro
Que se apaga se borra. Un golpe y un susurro.
Una luna blandísima sube chorreando sombra
Sube blanda se muere
Y una nube caliente se derrumba en lo oscuro.
Una brasa liviana se debate en el agua
Lanza una pobre llama un dardo vacilante
Una lengua triunfal
Un tronco espléndido.
Una nube de cieno fosforece.
Y toda el agua roja
Alienta muge lanza una vena violenta
Un rayo de oro
Y el mar entero silencioso espera
Se repliega y espera
Estalla suavemente.
©Idea Vilariño
EL ÚLTIMO CLIENTE DE LA NOCHE
Él me esperaba en el parque. Dormimos en este hotel al borde del Loira. Después, nos quedamos varios días junto al río, dando vueltas por allí. Permanecimos en la habitación hasta entrada la tarde. Bebíamos. Salíamos para beber. Volvíamos a la habitación. Luego, volvíamos a salir por la noche. Buscábamos cafés abiertos. Era la locura. No podíamos marcharnos del bar, de este lugar. De lo que buscábamos, no se hablaba. A veces, teníamos miedo. Sentíamos una profunda pena. Llorábamos. La palabra no se pronunciaba. Lamentábamos no amarnos. Ya no sabíamos nada. Existía sólo lo que se decía. Sabíamos que esto no volvería a ocurrir en nuestra vida, pero de esto no se decía nada, ni que éramos los mismos frente a esta disposición de nuestro deseo. Esto siguió siendo la locura durante todo el invierno. Después, fue menos grave, una historia de amor. Posteriormente aún escribí Moderato Cantabile.
MARGERITE DURAS
natura
ALEJANDRINA
"Kreuza"
Cristina Carrizo
EL PLATO DE LECHE
Crecí muy solo, y desde que tengo memoria sentí angustia frente a todo lo sexual. Tenía cerca de 16 años cuando en la playa de X encontré una joven de mi edad, Simona. Nuestras relaciones se precipitaron porque nuestras familias guardaban un parentesco lejano. Tres días después de habernos conocido, Simona y yo nos encontramos solos en su quinta. Vestía un delantal negro con cuello blanco almidonado. Comencé a advertir que compartía conmigo la ansiedad que me producía verla, ansiedad mucho mayor ese día porque intuía que se encontraba completamente desnuda bajo su delantal.
Llevaba medias de seda negra que le subían por encima de las rodillas; pero aún no había podido verle el culo (este nombre que Simona y yo empleamos siempre, es para mí el más hermoso de los nombres del sexo). Tenía la impresión de que si apartaba ligeramente su delantal por atrás, vería sus partes impúdicas sin ningún reparo.
En el rincón de un corredor había un plato con leche para el gato: “Los platos están hechos para sentarse”, me dijo Simona. “¿Apuestas a que me siento en el plato?” –“Apuesto a que no te atreves”, le respondí, casi sin aliento. Hacia muchísimo calor. Simona colocó el plato sobre un pequeño banco, se instaló delante de mí y, sin separar sus ojos de los míos, se sentó sobre él sin que yo pudiera ver cómo empapaba sus nalgas ardientes en la leche fresca. Me quedé delante de ella, inmóvil; la sangre subía a mi cabeza, y mientras ella fijaba la vista en mi verga que erecta, distendía mis pantalones, yo temblaba.
Me acosté a sus pies sin que ella se moviese y por primera vez vi su carne “rosa y negra” que se refrescaba en la leche blanca. Permanecimos largo tiempo sin movernos, tan conmovidos el uno como el otro. De repente se levantó y vi escurrir la leche a lo largo de sus piernas, sobre las medias. Se enjugó con un pañuelo, pausadamente, dejando alzado el pie, apoyado en el banco, por encima de mi cabeza y yo me froté vigorosamente la verga sobre la ropa, agitándome amorosamente por el suelo. El orgasmo nos llegó casi en el mismo instante sin que nos hubiésemos tocado; pero cuando su madre regresó, aproveché, mientras yo permanecía sentado y ella se echaba tiernamente en sus brazos, para levantarle por atrás el delantal sin que nadie lo notase y poner mi mano en su culo, entre sus dos ardientes muslos.
Regresé corriendo a mi casa, ávido de masturbarme de nuevo; y al día siguiente, por la noche, estaba tan ojeroso que Simona, después de haberme contemplado largo rato, escondió la cabeza en mi espalda y me dijo seriamente: “no quiero que te masturbes sin mí”. Así empezaron entre la jovencita y yo relaciones tan cercanas y tan obligatorias que nos era casi imposible pasar una semana sin vernos. Y sin embargo, apenas hablábamos de ello. Comprendo que ella experimente los mismos sentimientos que yo cuando nos vemos, pero me es difícil describirlos.
Georges Bataille




















