QUIERO SENTIRTE DENTRO DE MI...


Quiero sentirte dentro de mi. No puedo negarlo ni me gusta ocultarte mis deseos más profundos. Déjame desabrocharte el pantalón y poder ver más allá de tus piernas. Déjame desencadenar la pasión que arde dentro de mí para qué termines dentro de mis entrañas, fundiéndose con tus carcajadas orgásmicas y tu sudor que absorbe mi cuerpo como agua de mayo. Deseo escuchar tus fuertes gemidos cerca de mi oído y sentir el calor de tus jadeos en mi cuello. Quiero rozar el tacto de tu fuerte cuerpo, absorber esa fragancia que desprende tu pelo, degustar el sabor tu lengua, oír tus gritos de lujuria y ver en tus ojos un mar inmenso de placer. Quiero sentir cosas, muchas cosas, cosas bonitas, cosas hermosas, cosas placenteras. Me encanta sentir como estalla tu interior comprimiendo y llenando cierta parte de mi cuerpo de la mejor de tus esencias. Deseo que me hagas sentir. Quiero sentirme dentro de ti. TE AMO
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de la web de lococtelera

BARBIE'S

ESTAS SON LAS BARBIE'S CON LAS QUE ME HUBIERA GUSTADO JUGAR


pero nos enseñaron que debíamos ser cómo las muñecas, exageradamente delgadas, exageradamente rubias, exageradamente plásticas...



ah!!! y frígidas





(algunas de estas imágenes no serán entendidas para lo que no son argentinos, la primera foto son varios tipos de manifestante que suelen cortar las calles reclamando cualquier cosa, lo importante es no trabajar y seguir al político de turnos que es quien los manda y logra que se les otorguen planes sociales sin ser merecidos así pueden seguir sin trabajar y molestando al trabajador que es quién verdaderamente les está dando de comer con sus impuestos, su nombre "piqueteros")



(la segunda foto es exactamente lo mismo y lleva en su ropa el nombre de la agrupación, plan de jefes y jefas de familia es el nombre de este tipo de planes sociales que supuestamente fueron creados para ayudar a los que menos tienen, lo malo que en realidad el gobierno los usa para comprar participación en actos públicos y es mano obrera gratis para agredir a las manifestaciones genuinas que discrepan con el gobierno, si no no se explica porque se tapan la cara y andan armados con palos, , PD para los compatriotas: no profeso ninguna linea política ni pro ni anti gobierno actual, pero me indigna el apoyo que se le da a Luis D'lia y a la gente que se utiliza para socabar el verdadero derecho a huelga y a manifestarse por lo que a uno se le cante)



(La tercera es una "emo" un tipo de tribu urbana actual, adolescentes depresivos y algo suicidas)


se ve muy pequeño pero aquí hay una Barbie discapacitada, una travesti,

el artista que las ideó y realizó: HERNAN CAGLIANO

Ayer, nos tuvimos...sin pertenecernos...




Ayer fui nuevamente de ti...que no tuya, me dejé poseer sin ser de tu posesón.



Usaste mis caricias, prestaste mis mimos, recogi besos en tu nombre...(y los dí)


me entregué sin llegar a ser de nadie y entre placeres te di placer.


Regalé deseos, mezclé mis gemidos entre extraños, compartí los aromas...


todo olia sexo...a lujuria...



Mientras...dime...¿tu? ¿que hacias?


ahh, siii, nuevamente de mi...sin ser mio, feliz conmigo...en otra...


con tu mirada colmada de vicio...



Ayer, nos tuvimos...sin pertenecernos...


quizás por eso, hoy, te deseo mucho más.





de la web PIEL DESNUDA de Mamots.

Poesía erótico-pornográfica de los Siglos de Oro


Tómale después entre las manos
el miembro genital recién nacido,
al qual daba loores soberanos
poniéndole contino este apellido:
-¡O padre universal de los humanos
de quien tantas naciones an salido!
¡Tú solo das contento a las mugeres
y en ti se cifran todos sus plazeres!
Furiosamente a todas acometes,
y con mayor ardor a los doncellas,
entre las quales, quando te entremetes,
a la primera buelta triunphas dellas.
Tienes tanto dulçor quando te metes,
que aquel dolor que entonçes sienten ellas,
es puntilla del agro que se añade
al muy dulce manjar porque no enfade.
Entre casadas eres tan contino
que, si discretas son, nunca te dejan,
y aunque tengan hecho ya el camino
por más gustar se duelen y se quejan.
Mas como vienes luego y tomas tino,
y ellas mesmas la entrada te aparejan,
entras muy orgulloso y entonado
y sales muy humilde y despechado.
Viudas como yo, Dios sabe quántas
noches no duermen sin tu compañía,
de aquestas nunca vivo te levantas
por más que traygas brío y osadía.
Mas son sus artes y sus mañas tantas,
según se muestra por la mano mía,
que si cinqüenta veçes te marchitan
cinqüenta mill y más te resucitan.
Pues que quanto tú entras denodado
entre las debotísimas beatas,
donde encuentras un virgo remendado
que de solos tres golpes desbaratas.
Allí eres querido y regalado,
pues nunca das herida, que no matas,
y quando las matases desa suerte
sería darles vida con la muerte.
Tú das también el dote a muchas tristes
que huérfanas sus padres las dejaron,
y a las que están desnudas, tú las vistes
y a muchas das remedio que enfermaron.
Ninguna muger ay que no conquistes
y a las que de tus burlas se pribaron
más hazen con la gana y los deseos
que nosotras con obras y meneos.
Desde la mayor reyna hasta la esclava
ninguna muger ay que te aborrezca,
la ques autora no se muestra brava
y no porque desea que anochezca.
Aquella que mirarte rehusaba,
yo fiador que antes que amanezca
ella te ponga tal, aunqués muy sancta,
que llegues con los pies a la garganta.
¡O parte de quien naçe todo el todo,
herida sin lisión en la cabeça,
perdida por vençer del mismo modo
que vienes a perder la fortaleza!
Quien no te quiere, póngase de lodo
y pugne y vença a su naturaleza.
Sin quien no puedo ser, no quiero vida
ques vida violenta y aburrida.

________
Fray Melchor de la Serna, en El sueño de la viuda
Ilustración: Kiko da Silva
de la web: libro de notas

arte rupestre de 5.000 años AC




hacia el 5.000 antes de cristo vista del grabado rupestre en Ti-n-Lalan, o Tin Lalan, cerca de Fezzan en Libia

Pompeii









Pompeii, house of the Centenary, wall painting, erotic scene

photos and images

Amor - puesto que es palabra esencial


ALEX KRISTOV

Amor - puesto que es palabra esencial

comience esta canción y toda la envuelva.

Amor guíe mi verso, y mientras lo guía,

reúna alma y deseo, miembro y vulva.


Quién osará decir que él es sólo alma?

Quién no siente en el cuerpo el alma expandirse

hasta desabrochar en puro grito

de orgasmo, en un instante de infinito?


El cuerpo en otro cuerpo entrelazado,

fundido, disuelto, vuelto al origen

de los seres, que Platón vio completados:

es uno, perfecto en dos; son dos en uno.


¿Integración en la cama o ya en el cosmos?

¿Dónde termina el cuarto y llega a los astros?

¿Qué fuerza en nuestros flancos nos transporta

a esa extrema región, etérea, eterna?


Al delicioso toque de clítoris,

ya todo se transforma, en un relámpago.

En pequeñito punto de ese cuerpo,

la fuente, el fuego, la miel se concentraron.


Va la penetración rompiendo nubes

y desvastando soles tan fulgurantes

que nunca ha soportado la vista humana,

pero, varado de luz, el coito sigue.


Y prosigue y se explaya de tal suerte

que, más allá de nosotros, más allá de la propia vida,

como activa abstracción que se hace carne,

la idea de gozar está gozando.


Y en un sufrir de gozo entre palabras,

menos que esto, sonidos, gemidos, ayes,

un solo espasmo en nosotros alcanza el clímax:

es cuando el amor muere de amor, divino.


Cuántas veces morimos uno en el otro,

en el húmedo subterráneo de la vagina.

en esa muerte mas suave que el sueño:

la pausa de los sentidos, satisfecha.


Entonces la paz se instaura. La paz de los dioses,

extendidos en la cama, cual estatuas

vestidas de sudor, agradeciendolo

que a un dios acrecienta el amor terrestre.


CANSADO

.
.
.
CANSADO DE DIBUJAR

CON CARBON Y CON SALIBA

TU CUELLO

TU PUBIS

TU BARRIGA

DE SUBIR Y BAJAR

POR TU ESPALDA

POR LA RAJADE TUS NALGAS

DE RECORRERLA

CON MI LENGUA ANTES INCANSABLE

CANSADO DE ESTARTAN LEJOS

DE TUS PEZONES

QUE ME ALIMENTAN

CON SU LECHE

CADA DIA

CANSADO DEL CAMINO

Y CANSADO DE RECORDAR

LA MAÑANA QUE TE AME

TUS LABIOS DE PAPEL

IMPERCEPTIBLES

EN MIS NALGAS

TRABAJANDO SIN DESCANSO

MIENTRAS ME MORDIAS

Y HACIAS DE MI

TU FUENTE DE HELADO

DE FRESA

LO RECORDE

¿VIENES O TE VAS?

¿O YA DEJASTE DE PASAR?

¿YA NO HABLAS CONMIGO?

CANSADO DE AGUACEROS

DE DIAS QUE NO PASAN

DE PEDIR SIN DAR NADA

CANSADODE ESTAR CANSADO

DE PEDIR DESEOS

Y DE REZARDE TODO ESTO CANSADO

PERO CUANDO MAS

ME CANSO ES CUANDO TE RECUERDO

EN MI BARREÑO

QUE TE BAÑA

QUE INUNDATU CUERPO CON MI AGUA

CERODE ESPERANZA

Y LO LIMPIA DE TRISTEZA

CHICA GRANDE

O PEQUEÑA

QUE CADA PASO QUE DOY

ES UN PASO ATRAS

Y CADA DIA LA MEMORIA

SE VUELVE A PERDERY CON ELLA

MI FORMADE AMAR



Lilith


Lilith era sexualmente fría y pese a sus fingimientos su marido lo sospechaba. Tal situación dio lugar al siguiente incidente.Lilith nunca tomaba azúcar, por no engordar, y empleaba un sucedáneo: unas minúsculas pildoras blancas que siempre llevaba en el bolso. Un día se quedó sin ellas y pidió a su marido que se las comprara de regreso a casa. Le compró un tubito como el que le había pedido, y se echó dos pildoras en el café después de cenar.Estaban sentados juntos, y él la miraba con una expresión de madura tolerancia, que a menudo adoptaba frente a sus explosiones nerviosas, a sus crisis de egoísmo, de autorreproches o de pánico. A todo su dramático comportamiento, el marido respondía con inalterable buen humor y con paciencia. Ella rabiaba sola, se enfadaba sola y sola soportaba grandes trastornos emocionales en los que su esposo no tomaba parte.
Posiblemente, ésas eran otras tantas manifestaciones de la tensión que faltaba entre ellos en el ámbito sexual. El marido rehazaba todos los primarios y violentos desafíos y hostilidades de Lilith; se negaba a entrar en su terreno emocional y a responder a su necesidad de celos, temores y batallas.
Tal vez si hubiera aceptado sus desafíos y jugado los juegos que a ella le agradaban, Lilith hubiera acusado con mayor impacto físico la presencia de su marido. Pero éste no conocía los preludios del deseo sensual ni los estimulantes que ciertas naturalezas salvajes precisan, y así, en lugar de responderle en cuanto veía que se le ponían los pelos de punta, el rostro más vivido, los ojos relampagueantes y el cuerpo electrizado, inquieto como el de un caballo de carreras, se replegaba tras aquel muro de comprensión objetiva, tras aquella amable burla y aceptación, como quien observa un animal en el zoo y sonríe a sus cabriolas, pero no se siente afectado por su estado de ánimo. Era esto lo que dejaba a Lilith completamente aislada, igual que un animal salvaje en un desierto inhóspito.
Cuando le daba un acceso de furia y su temperatura aumentaba, el marido se esfumaba. Era como una especie de cielo suave que la mirase desde la altura, esperando que la tormenta pasara por sí sola. Si él hubiera aparecido al otro extremo de aquel desierto, como si fuera otro animal salvaje, y se hubiera enfrentado a ella con la misma tensión electrizante de pelo, piel y ojos, si hubiera aparecido con el mismo cuerpo salvaje, pisando fuerte y esperando el menor pretexto para saltar, abrazarla con furia, sentir la calidez y la fuerza de su oponente, ambos hubieran podido rodar juntos, y las mordeduras habrían podido ser otras, el ataque se habría transformado en abrazo y los tirones de pelo habrían acabado por unir sus bocas, sus dientes, sus lenguas. Llevados por la furia, sus genitales habrían entrado en contacto, encendiendo chispas, y ambos cuerpos se hubieran penetrado mutuamente como final de tan formidable tensión.
Aquella noche, él se sentó con su expresión habitual en los ojos; ella, sentada bajo la lámpara, pintaba algún objeto con furia como si una vez pintado fuera a devorarlo.
—¿Sabes? No era azúcar lo que te compré y tomaste después de cenar —dijo el marido—. Era yohimbina, un producto que le vuelve a uno apasionado.Lilith se quedó pasmada.—¿Y me has dado eso?—Sí. Quería ver cómo te ponía. Pensé que podría resultar muy agradable para los dos.—¡Oh, Billy, vaya truco que me has gastado! i Y yo que prometí a Mabel que iríamos al cine juntas! No puedo defraudarla; ha estado encerrada en casa una semana. Imagina que eso empieza a hacerme efecto en el cine.—Está bien; si se lo prometiste debes ir, pero te estaré esperando.
Así, en un estado febril y de alta tensión, Lilith fue a buscar a Mabel. No se atrevió a confesarle lo que le había hecho su marido. Recordaba todas las historias que había oído acerca de la yohimbina. En el siglo XVIII, en Francia, los hombres hacían uso abundante de ella. Rememoró la anécdota de cierto aristócrata que, a la edad de cuarenta años, cansado ya de su asiduidad en hacer el amor a todas las mujeres atractivas de su tiempo, se enamoró tan violentamente de una joven bailarina de veinte años, que se pasó tres días enteros con sus noches copulando, con la ayuda de la yohimbina. Lilith trató de imaginar qué clase de experiencia sería ésa, cómo se sentiría cuando tuviera que correr a casa y confesarle su deseo a su marido.
Sentada en la obscuridad del cine, no podía mirar la pantalla. En su cabeza había un caos. Se sentó envarada, en el borde de la butaca, tratando de sentir los efectos de la droga. De repente, al percatarse de que estaba sentada con las piernas muy separadas y la falda por encima de las rodillas se puso rígida.
Pensó que ésa era una manifestación de su fiebre sexual ya creciente. Trató de recordar si alguna vez se había sentado en semejante postura en el cine. Le pareció que estar con las piernas abiertas era la postura más obscena jamás imaginada, y se dio cuenta de que la persona que ocupaba la butaca de delante, situada a un nivel mucho más bajo, habría podido mirar bajo su falda y regalarse con el espectáculo de sus bragas recién estrenadas y sus ligas también nuevas, compradas aquel mismo día. Todo parecía conspirar para aquella noche de orgía. Su intuición debía haberlo previsto todo: se había comprado unas bragas con finas puntillas y unas ligas de color coral obscuro, que quedaban muy bien en sus finas piernas de bailarina.
Molesta, juntó las piernas. Pensó que si aquel salvaje deseo sexual la invadía en ese preciso momento, no sabría qué hacer. ¿Se levantaría bruscamente, pretextaría una jaqueca y se marcharía? ¿O se volvería hacia Mabel? Mabel siempre la había adorado. ¿Se atrevería a volverse hacia Mabel y acariciarla? Había oído hablar de mujeres que se acariciaban en el cine. Una amiga suya estaba sentada así en la obscuridad de una sala, y su compañera le había desabrochado la falda, había deslizado una mano hacia su sexo y la había acariciado largo tiempo, hasta provocarle el orgasmo. ¡Cuan a menudo esa amiga había repetido el placer de permanecer sentada con tranquilidad, controlando la parte superior del cuerpo, tiesa y quieta, mientras una mano la acariciaba en la obscuridad, secreta, lenta y misteriosamente! ¿Era eso lo que le iba a suceder a Lilith ahora? Nunca había acariciado a una mujer. A veces había pensado lo maravilloso que sería —la redondez del trasero, la suavidad del vientre, esa piel particularmente fina entre las piernas—, y probó a acariciarse ella misma, en la cama, a obscuras, imaginando qué sensación produciría tocar a una mujer. A menudo se había acariciado los pechos imaginando que eran los de otra.
En ese momento cerró los ojos y rememoró el cuerpo de Mabel en traje de baño; Mabel, sus senos redondos, a punto de escapar del bañador, sus labios gruesos, su boca sonriente. ¡Qué hermoso sería! Pero sus piernas no guardaban todavía el calor capaz de hacerle perder el control y tender su mano hacia Mabel. Las pildoras no habían hecho aún su efecto. Estaba fría, incluso incómoda, entre las piernas; había allí tirantez y tensión. No podía relajarse. Si tocaba ahora a Mabel, no podría ejecutar seguidamente un gesto atrevido. ¿Llevaba Mabel la falda abrochada a un lado? ¿Le gustaría ser acariciada? Lilith se sentía cada vez más inquieta. Cada vez que se olvidaba de sí misma, sus piernas se abrían de nuevo, adoptando aquella posición que le parecía tan obscena y tan provocativa como los gestos de las bailarinas balinesas, que separaban una y otra vez los muslos del sexo, dejándolo desprotegido.
La película terminó. Lilith condujo su coche en silencio por las calles obscuras. Los faros iluminaron otro automóvil aparcado a un lado y proyectaron su luz sobre una pareja que se estaba acariciando, pero no de la manera sentimental acostumbrada. La mujer estaba sentada sobre las rodillas del hombre, dándole la espalda, y él se mantenía rígido, con todo el cuerpo en la postura de quien persigue el climax sexual. Se hallaba en un estado tal que no pudo detenerse cuando las luces cayeron sobre él. Se mantuvo tieso, para percibir mejor a la mujer, que se movía como una persona medio desvanecida de placer.Lilith suspiró ante aquella visión, y Mabel dijo:
—Desde luego les hemos pillado en el mejor momento.
Y se echó a reír. Así que Mabel conocía ese climax del que Lilith nada sabía. Lilith quiso preguntarle: «¿Cómo es?» Pero pronto lo sabría. Pronto podría satisfacer todos esos deseos habitualmente experimentados sólo en sus fantasías, en las largas ensoñaciones que llenaban sus horas cuando estaba sola en casa. Se sentaba a pintar y pensaba: «Ahora entra un hombre del que estoy muy enamorada. Entra en la habitación y dice: “Déjame que te desnude.” Mi marido nunca me desnuda. Se desnuda él, se mete en la cama, y si me desea me pide que apague la luz. Pero este hombre vendrá y me desnudará despacio, prenda por prenda. Eso me dará mucho tiempo para sentirlo, para notar sus manos sobre mí. Antes que nada, desatará mi cinturón y me acariciará la cintura con las dos manos. “¡Qué hermosa cintura tienes —me dirá—, qué flexible, qué gentil!” Luego me desabotonará la blusa con mucha lentitud, y yo sentiré sus manos desabrochando cada botón y tocándome poco a poco los pechos, hasta que salgan fuera de la blusa, y él se quede prendado de ellos y me succione los pezones como un niño, haciéndome un poco de daño con los dientes, y yo sentiré que todo mi cuerpo se estremece, que mis nervios se relajan, que me derrito. El se impacientará con la falda, y la rasgará un poco, de tanto que me deseará. No apagará la luz. Permanecerá mirándome con deseo, admirándome, adorándome, calentándome el cuerpo con las manos, esperando a que esté completamente excitada, en todos los rincones de mi piel.»
¿La estaba afectando la yohimbina? No, estaba lánguida, y su fantasía empezaba a actuar de nuevo, una y otra vez, pero eso era todo. Sin embargo, la visión de la pareja en el automóvil y su estado de éxtasis era algo que deseaba conocer.Cuando llegó a casa, su marido estaba leyendo. La miró y le sonrió maliciosamente. Ella no quería confesar que no se sentía excitada en absoluto. Estaba muy decepcionada de sí misma. ¿Qué clase de mujer fría era, que nada podía afectarla, ni tan siquiera lo que había dado fuerzas a un caballero del siglo XVIII para hacer el amor tres días y tres noches sin parar? ¡Qué monstruo era! Nadie debía saberlo, ni su marido. Se reiría de ella y acabaría buscándose otra mujer más sensible.
Así que empezó a quitarse la ropa ante él, yendo de un lado a otro medio desnuda y cepillándose el cabello frente al espejo. Normalmente, nunca hacía eso. No quería que él la deseara; eso no la complacía. El amor era una cosa que había que hacer con rapidez, para que él gozara. Para ella era un sacrificio. No participaba de la excitación ni del goce de él, que le resultaban repulsivos. Se sentía como una furcia sin sentimiento que a cambio del amor y la devoción de su marido le arrojaba su cuerpo vacío e insensible. La abrumaba estar tan muerta dentro de su cuerpo.
Pero cuando al cabo se deslizó en la cama, su marido le dijo:
—Me parece que la yohimbina no te ha afectado mucho. Tengo sueño. Despiértame si…
Lilith trató de dormir, pero seguía esperando que la invadiera un deseo salvaje. Al cabo de una hora, se levantó y fue al cuarto de baño. Tomó el tubito y se tragó unas diez pildoras, pensando: «Ahora funcionará.» Y aguardó. Durante la noche, el marido pasó a su cama, pero ella tenía el sexo tan poco dispuesto que no se le humedecía lo más mínimo y tuvo que lubricarle el pene con saliva.A la mañana siguiente se levantó llorando. Su marido la interrogó, y ella le confesó la verdad. El se echó a reír.
—¡Pero Lilith! Era una broma. No era yohimbina. Te gasté una broma.
Desde aquel momento, sin embargo Lilith se obsesionó con la idea de que debía haber formas de excitarse artificialmente. Probó todos los métodos de que oyó hablar. Se bebió tazones de chocolate con gran cantidad de vainilla. Comió cebollas. El alcohol no la afectó en la misma medida que a otras personas, porque se mantenía siempre en guardia. No podía olvidarse de sí misma.
Oyó hablar de unas bolitas que se usaban como afrodisíaco en la India. Pero ¿cómo conseguirlas?¿Dónde pedirlas? Las hindúes se las insertaban en la vagina. Estaban hechas de algún tipo de goma suave, con una superficie fina, semejante a la piel. Al ser introducidas en el sexo, se amoldaban a la forma de éste y se movían a la vez que la mujer, adaptándose sensiblemente a todos los movimientos de los músculos y provocando una excitación mucho más intensa que la del pene o del dedo. A Lilith le hubiera gustado encontrar una bola de ésas y llevarla dentro día y noche.

cuento: ANAÏS NIN

foto: GEORGE LOSSE

Poesía erótico-pornográfica de los Siglos de Oro





Alzó Venus las faldas por un lado
de que herrero sucio, enternecido
por el botín que descubierto vido,
quiso al momento dársele cerrado.


Arrojó las tenazas denodado,
lleno de tizne y, del hollín vestido,
tentó la hornaza do salió Cupido,
y echó las bragas y el mandil al lado.


Sintióse Venus porque tal hacía,
y al defenderse tuvo manos mancas
al ajo y al queso, de que fue gustando,
hasta que en acabando dijo la puta:
«Bien está lo hecho,
que no cabe en un saco honra y provecho».


Atribuido a Quevedo.
Ilustración: Alberto Guitián.
de la web: libro de notas


Oswaldo Guayasamin
(1919/1999)

Gracias Pardo por hacerme disfrutar a este artista.

LAS LUCES DE LA CIUDAD

—¡Ya está! ¡Es la última!
—¡Ya era hora!
Con un gesto inconsciente, Steve se secó una gota de sudor que resbalaba por su frente.
—¿Realmente crees que vamos a quedarnos aquí más de un año?
—Ya veremos… Pero, entretanto, muévete. ¡Nos queda aún mucho por hacer! Otro traslado. El que hacía tres en otros tantos años. No parecía, por lo menos en los últimos tiempos, que Steve y yo fuéramos capaces de encontrar el lugar ideal para vivir. Esta vez, no obstante, tenía un buen presentimiento.
Durante tres meses había escudriñado sistemáticamente la ciudad buscando la “perla exótica” inmobiliaria, y realmente tenía la impresión de que, después de muchas búsquedas infructuosas, la había hallado.
Nos hubiera gustado tener por fin una casa propia, pero como Steve pronto iba a ser destinado a otro lugar, habíamos pospuesto una vez más ese sueño. Tras semanas de decepciones, falsas esperanzas y días enteros dedicados a visitar los apartamentos disponibles, ya estaba dispuesta a rendirme. Pero una mañana sin ningún carácter especial había leído un anuncio: “Magnífica copropiedad; la paz del campo cerca del centro de la ciudad. Oportunidad”. Como había visto centenares de anuncios similares, estuve a punto de desdeñarlo. Sin embargo, antes de hacerlo y sin realmente ser consciente de ello, marqué el número y concerté una cita para verlo. Al llegar delante del edificio, me enamoré a primera vista. Era exactamente lo que buscábamos. Para empezar, el apartamento disponible estaba en el último piso del edificio, el piso 20. Por lo tanto, no tendríamos a nadie que anduviese por el piso de arriba a cualquier hora del día o de la noche. Además, el edificio tenía una planta en aspas de cruz, con sólo un apartamento en cada brazo y el ascensor en el hueco del centro; es decir, no había vecinos inmediatos que nos pudieran hacer partícipes de sus peleas o de sus programas de televisión predilectos. ¡El éxtasis! Y las ventajas no terminaban ahí.
El edificio estaba rodeado de un hermoso parque, por el que se podía pasear con toda paz. Un conserje vigilaba permanentemente la entrada y, ¡oh, increíble fortuna!, el alquiler estaba a nuestro alcance (aunque exigiera algún pequeño sacrificio por otro lado). De hecho, teniendo en cuenta las dimensiones del apartamento y el barrio en que se encontraba, el alquiler no era desmesurado. El edificio acababa de cambiar de propietario, y los nuevos dueños querían alquilar todos los pisos. Así pues, habían rebajado sensiblemente la renta, por lo menos hasta que consiguieran su objetivo. Nos abalanzamos sobre la ocasión (mejor dicho me abalancé sobre la ocasión) y no le dije a Steve que ya había firmado el contrato hasta que él vio el apartamento. Estaba convencida de que quedaría tan enamorado de él como yo lo estaba. Y aún es así.
El día del traslado, a pesar de la fatiga y de las múltiples incomodidades que un traslado conlleva, nos sentíamos felices. El barrio, por lo menos lo que habíamos podido ver hasta entonces, nos gustaba y nos habíamos ya encontrado con una vecina de rellano, Diane, que nos había parecido encantadora. Quizá un poquitín excesivamente encantadora, a juzgar por la mirada de aprobación que Steve fijó sobre su busto…
Trabajamos intensamente durante cuatro días, antes de que pudiéramos considerar que nos habíamos “instalado”.
Steve y yo habíamos pedido unos días de vacaciones para hacer el traslado y se puede decir que los empleamos bien. Los grandes ventanales supusieron un problema. Los del salón y el dormitorio eran inmensos, y las cortinas que teníamos no encajaban en ellos. No obstante, una vez solucionamos ese problema, el apartamento adquirió un aspecto más que placentero. Y esos ventanales, por sus dimensiones, nos permitían una vista tan espectacular que dábamos por bien empleado el esfuerzo.
La cuarta noche, tras nuestra primera cena tête-à-tête en nuestra nueva casa, decidimos por fin salir a tomar el fresco en la magnífi ca terraza. La noche de julio era cálida y dulce, con una brisa ligera y acariciante que nos mecía.
No estábamos aún en tiempo de canícula, un período en el que entraríamos sin duda dentro de unas pocas semanas.
Era simplemente una hermosa noche de verano; una de esas noches que demasiado raramente podemos disfrutar en estas latitudes.
Apagamos todas las luces para mejor saborear la magnífica vista que se nos ofrecía: la ciudad desparramada a nuestros pies parecía irreal, vibrante, viva. La circulación era fluida y discreta, y del apartamento vecino llegaba la melodía de un melancólico blues. Por fin podíamos gozar relajadamente de la tranquilidad de nuestra nueva casa. Aunque no pudiéramos seguir la conversación que emergía a través de las ventanas de nuestra vecina, abiertas para dejar entrar el aire nocturno, se percibían tonos de voz claramente masculinos.
—“¡Lástima!” —dije para pincharle—, “parece que tiene novio…”
Steve sonrió y acerca su silla a la mía. Colocó afectuosamente su brazo sobre mi hombro, dejando que su mano, al pasar, acariciase competentemente mi pelo. Algunos instantes después, una sugestiva luz iluminó el dormitorio de la vecina. Entonces nos dimos cuenta de que ella había resuelto el problema de las cortinas de un modo muy expeditivo: no había puesto. Sin mirarlo expresamente, observamos también que los dos muros de su dormitorio que nos resultaban visibles, estaban recubiertos de espejos. Resultaba difícil no verlo; el ventanal medía casi lo mismo que la estancia.
—No sólo tiene un novio sino que, además, les gusta mirarse… Nuestra vecina, Diane, siguiendo el ritmo de la música entró en su cuarto con paso lento y se sacó su blusa.
—¡Ya ves! ¡Vas a poder pegarte el lote! ¡Dios mío, que tetas! La granuja… ¿Qué va a pasar cuando yo no esté? ¡Si entro en casa y tú no estás junto a la puerta esperándome, voy a adivinar inmediatamente dónde estás! Pensaba que se iba a cambiar de vestido, fuera para estar más cómoda, fuera para salir… Pero desanduvo el camino que había hecho, esta vez ataviada únicamente con unas braguitas, y regresó arrastrando a su novio de la mano. Le empujó al interior con un gesto cariñoso y juguetón y le hizo sentar encima de algo que parecía una cómoda. Inmovilizó sus muñecas contra el espejo y empezó a cubrir su cuello con ligeros besos furtivos, provocativos.
—Hum… —murmuró Steve—, eso se está poniendo interesante. Me limité a tragar saliva…
Diane besaba ahora más fogosamente el cuello, los hombros, los brazos y el torso del hombre, deslizando sus menudas manos a lo largo de su velludo cuerpo, mientras él permanecía sentado, quieto. De pronto, tiró de sus muñecas, se giró y le hizo ponerse en pie, delante de ella, indicándole con un gesto de su dedo que no intentara acercársele. A través de la ventana podíamos verle directamente hasta casi la cintura, y el resto lo veíamos reflejado en los espejos. Diane subió encima de la cómoda que el hombre acababa de dejar libre y se puso a bailar mórbidamente al ritmo de la música.
Realmente, tenía unas tetas que a mí me hacían desmayar de envidia… y que provocaban que mi Steve se pusiera rojo como un tomate. La miraba, con un aire tímido pero fascinado, sin que fuera capaz de decidir si prefería mirarla a ella, o a su imagen refl ejada en uno de los espejos.
—Es menos caro que un peep-show—, observó con el aliento entrecortado y la mirada clavada en ella. Fue en ese momento cuando acercó su silla para que pudiese deslizar su otra mano a lo largo de mi muslo; una mano que ascendió más rápidamente de lo que pensaba hasta mi braguita. Diane seguía ondulando, besando de vez en cuando sus voluminosas tetas y provocando a su amigo al jugar, con una sonrisa maliciosa en sus labios, con su minúscula braguita. Alzaba los lados por sus caderas, dejaba a la vista su coño y pasaba furtivamente sus dedos entre sus piernas. Su compañero se masajeaba por encima de sus tejanos, obediente y sumiso, contentándose con mirarla.
Steve, por su lado, había empezado a acariciarme con persistencia. Yo estaba ya muy encendida. Me sentía incómoda, aunque ligeramente, por el hecho de estar observando de este modo a otra pareja; pero no me importaba: el espectáculo era irresistible. Dejé que Steve me acariciara sin ponerle trabas, apenas consciente de su presencia, limitándome egoístamente a gozar de las sensaciones que me provocaba. Sabía que estaba humedecida, caliente, y los dedos que Steve deslizó en mi interior dieron rápidamente con su objetivo. Con la yema de su dedo acarició un minúsculo punto en el lugar preciso de mi cuerpo que desencadenaba siempre el mismo proceso: un orgasmo escandaloso por su celeridad y potencia. El amigo de Diane se quitó apresuradamente los pantalones, dejando ver un órgano bien erguido… y apagó la luz de su dormitorio.
Ambos exhalamos al unísono un suspiro de contrariedad, pero, con todo, Steve tuvo el detalle de continuar hasta que gocé; algo que sucedió casi inmediatamente. Entonces me fijé en la inmensa erección que empujaba su pantalón y de la que no me había dignado ocuparme hasta entonces… ¡Una erección sólida! No podía dejar al pobre Steve en ese estado. Era incapaz de despreciar una tal apostura. Me arrodillé delante de él e introduje casi toda su polla en mi boca. Me encanta (de verdad) regalarle ese pequeño placer. Lo hago por amor a él, pero también por mí… Adoro esa impresión de potencia que me proporciona el tener su miembro en mi boca. Yo soy entonces la verdadera dueña de la situación, si es que hay alguien que lo sea. Me puse a chupar con mi boca pedigüeña, deslizando mi lengua alrededor de su falo como en un beso apasionado, albergándolo profundamente en mi cavidad bucal. Como sabía que Steve lo adoraba (¿hay algún hombre que no adore esto?), prolongué su placer, haciéndolo durar. Aceleré el vaivén de mis mojadas caricias, a la vez que introducía su miembro más aún en mi boca, hasta que noté que su resistencia iba a ceder. Entonces, sosegué gradualmente mi ritmo, divirtiéndome en lamerlo y chuparlo. Dejando que mi mano tomara el protagonismo. Pasado un momento, volví a introducírmelo de nuevo en la boca, empezando otra vez el juego. Mis labios se cerraron alrededor de su verga cada vez más dura, a veces suaves, a veces fi rmes, pero sin ceder nunca en su presión.
Finalmente, a la cuarta vez de repetir el proceso, dejé que gozara y que me rociara con el fruto de mi esfuerzo… No hay nada como salir a tomar el fresco. Estaba claro que este apartamento iba a proporcionarnos agradables veladas…
* * *
Unos días después, me crucé con Diane en el ascensor. Sentí que me sonrojaba, sin que pudiera hacer nada para evitarlo y sabiendo que pensaría, equivocadamente, que yo era patológicamente tímida. Quería saber si ya nos habíamos instalado y qué nos parecía de momento el barrio. Me dijo que siempre había vivido en pisos altos y me preguntó qué opinaba de la vista…
Me puse extremadamente roja y con alivió observé que el ascensor llegaba al fi nal de su rayecto. Me dirigió una cálida sonrisa y se fue por su lado.
* * *
Era nuestro último día de vacaciones… ¡Cuán rápido habían pasado los días! Pensaba con inquina en que a la mañana siguiente tendría que empezar de nuevo la rutina.
Para celebrar de un modo especial la última noche, Steve me propuso ir a cenar en un pequeño restaurante vietnamita que estaba cerca de nuestra casa. El gusto por la cocina vietnamita fue la primera afición común que nos descubrimos. Comíamos en restaurantes vietnamitas tan a menudo como podíamos, y no nos cansábamos nunca de hacerlo. Esa noche, una vez más, la comida estuvo deliciosa y nos encantó el ambiente cálido y discreto de ese restaurante que visitábamos por primera vez. La conversación derivó de un modo natural hacia nuestra vecina, y nos preguntamos si no entraría dentro de lo posible que hubiera montado toda esa exhibición sabiendo que la estábamos mirando.
—¡Quita! —dijo Steve—, ¿cómo hubiera podido saber que estábamos en la terraza?
—¡No lo sé!… Pero, incluso desde nuestro dormitorio, se podía ver todo sin ninguna difi cultad.
—¡No! Yo ya he… Steve dudó un momento.
—…¡He hecho la comprobación y queda demasiado lejos! El ángulo tampoco lo permite…
—¡Ah! —dije, fingiendo sentirme ofendida.
—¡Ya me parecía a mí que ibas a arreglártelas para no perderte nada!
—¡Ya! Porque me vas a decir que tú te quedaste pasmada. O, peor aún, indiferente.
—Yo no diría tanto…
Nos miramos a los ojos y, embarcados en agradables recuerdos, tuvimos la misma idea ambos a la vez: regresar lo antes posible a casa.
Al llegar, me apresuré a abrir los ventanales y la gran puerta de la terraza. A ninguno de los dos nos gusta el aire acondicionado. Inmediatamente percibí la música que llegaba del apartamento del lado. Esta vez era rock duro. Tuve cuidado en no encender ninguna luz y susurré a Steve que viniera rápido. El apartamento de Diane estaba iluminado por varias lámparas de colores. El resultado hacía pensar en un escenario bajo focos de color rojo, azul y ocre. En medio de ese extraño marco, dos cuerpos se entrelazaban. El de Diane y el de un hombre distinto al de la vez anterior. Ella estaba arrodillada encima del sofá con los codos apoyados sobre el respaldo. Ofrecía su espalda y sus nalgas a un tipo cuadrado como un jugador de fútbol, con largos cabellos castaños.
—Ven al dormitorio—, murmuró Steve, como si nuestros vecinos pudieran oírle.
—Están en el salón; esta vez les veremos mejor desde allá…
—De acuerdo, vamos.
Era cierto que la visión era mejor. Diane seguía en la misma posición, pero el chico, que antes estaba inmóvil detrás de ella, ahora parecía estar explorando el cuerpo de ella hasta sus más recónditos rincones. Con una mano se masturbaba y con la otra acariciaba a Diane. Introducía sus dedos, exigentes delante y prudentes atrás, y paseaba su lengua sobre sus acogedoras nalgas. Pero lo que me fascinó fue la mano con la que se masturbaba. Era una mano inmensa, de un tamaño superior al de la media, pero no llegaba a tapar la mitad de su enorme verga. ¡No había visto nunca nada igual! Steve y yo nos desnudamos frenéticamente y me apoyé sobre el quicio de la ventana, en la misma posición que Diane. Steve imitó al chico, acariciándome con una intensidad cada vez mayor. Finalmente, vi que el chico la penetraba. Pensé que un calibre así, necesariamente tenía que hacer daño. ¡Pero, qué vistazo! No se apresuró; hundió sólo una pequeña parte a la vez. Diane debía estar loca de impaciencia porque se precipitó encima de él, obligándole bruscamente a que la penetrara.
Steve hizo lo mismo. No disponía del mismo armamento, pero a mí me convenía perfectamente puesto que estaba ahí: detrás de mí y en mi interior. Mientras les mirábamos, intentamos sincronizar nuestros movimientos con los de ellos. Estaba fascinada por sus cuerpos brillantes, ligeros e impetuosos. Las tetas de Diane se balanceaban al ritmo endiablado de su frenesí y podía adivinar (más que ver, por desgracia) la enorme verga erecta que, a cada embestida, se adentraba más profundamente en Diane.
El chico aceleró el ritmo con el que se movía y Steve hizo lo mismo. Me estremecía cada vez que Steve golpeaba mis nalgas con su vientre y ante los golpes que el del chico propinaba a las de Diane. Se pararon al mismo tiempo, hicieron una pausa abrazándonos por los hombros y los cuellos, agarraron nuestras cabelleras y después continuaron de nuevo. Incluso pareció que se corrían a la vez. Steve me hizo sentar sobre el pretil y me lamió con fruición, haciéndome gozar con su lengua una segunda y maravillosa vez. Después de eso, fui incapaz de mirar qué hacían los otros dos. Mi única queja fue que, a pesar de la feroz intensidad, todo había resultado demasiado breve.
—¿Crees que tendríamos que dejar de mirarles? —pregunté a Steve con la respiración aún entrecortada.
—No, ¿por qué? Yo no veo nada malo en esto… ¡Vamos a ver! Entre esto y una película, ¿tú qué prefi eres?
—Bueno; si son las que tú escoges…
—Perdone usted, señora; la próxima vez vas tú a buscarlas.
—Quizá no nos haga falta ir a ninguno de los dos; sobre todo si sigue cambiando de pareja cada semana…
Aunque, y para mis adentros, este último disponía de algo que no acabo de saber definir…
Efectivamente, Diane cambiaba de pareja con regularidad.
El tipo de pelo largo vino a verla algunas veces más, pero nosotros siempre llegamos a casa demasiado tarde para sacar provecho de sus visitas. Diane se contentó (¡y de qué manera!) con ese acompañante, durante dos semanas.
Una noche, al llegar a casa, les sorprendí en plena pelea.
Unos momentos después, él se marchó dando un portazo y ya no le volvimos a ver. ¡Una pena!…
Unos días después de esa típica “última escena”, regresé pronto del trabajo y en el rellano me encontré con Diane. Me dijo que le apetecía beber sangría y que iba a comprarla.


HISTORIAS PARA RUBORIZARSE
Cuentos eróticos
MARIE GRAY

© del texto: la autora
© de esta edición: Lectio Ediciones
© de la edición original: Guy Saint-Jean Éditeur Inc.,


Gracias Susana Moo por hacerme conocer a la autora

ANEXIONANDONOS

Dormís y te deseo.
Con la lengua delineo el contorno de tus labios apenas degustando las cosquillas de tu barba.
¡Qué boca perfecta!
Disfrutar lamer esa pequeña porción de ausente bello junto a la comisura de tu gloriosa boca. Deslizar la lengua, recorrer tu cara, nunca a contrapelo.
Tú oreja, deliciosa. Comerla a besos, babear cada pabellón. Con la punta de mi lengua tiesa penetrar. Succionarte el lóbulo.
Oler tu cuello.
Iniciar el camino, separar tus brazos y mi seno contra tu pecho. Contornearme para delatar tu cuerpo.
Se corta el silencio por tu jadeo, suave emisión desliza tu sueño.
Imprimir las uñas en tu torso erizado. Dirigir mi aliento.

Detenerme.

Gemidos recíprocos envuelven el tiempo.
Permitirle al sudor conjugarse. Entre baba y deseo hundir mi boca ya sin aliento.
Besar, succionar, chupar babosear, disfrutar de tu ondular.
Las manos a pleno y tus yemas gritan.

¿Te abandonó el buen sueño?

Hamacar nuestras pelvis.
Zozobrar los quejidos.
Anudados, presionados, amalgamados, inquietados, recibidos, estivados.
Esculpir tu pasión dentro de mí en un estruendo.

Encontrar repentino que el sueño esta noche te fue interrumpido.
Disfrutar el sorroche.

Ahora sí, te dejo dormido.

valy wainer

La estatua fue descubierta durante el pontificado de Urbano VIII (1623-1643) en las excavaciones del foso del castillo Sant'Angelo, en Roma.


MR.WARD showcase
Last Laugh/ Upper playground opening
ART by MR.WARD
May 31st, 2008

MIA


ESCULPO TU VIENTRE

TU ESPALDA

TUS MUSLOS

Y TUS PECHOS

DEJO APARECER

TUS HOMBROS

Y DENSA TE LIBERO

DEAMBULO CON MI LENGUA

POR MI NUEVO

DESCUBRIMIENTO

Y TE SIENTO LLENATE VACIO

Y TE BEBO.


del blog: LOQUEQUEDAATRAS

LOCURA



Tapas exquisitas, cervezas, un beso, dos besos.
Una carrera en moto.
Un ascensor, más besos con caricias que descontrolan.
Un porro. Caricias que erizan la piel.
Hora de la siesta.
De posición vertical a horizontal.
Todas las posturas, rápido, lento, rápido.
Dentro, muy dentro.
Orgasmos, más orgasmos, un espejo, más orgasmos.
Un orgasmo que vuela, que moja, calido,
que se derrama encima de mí.
Vibrando. Me derrito.
Que locos!!
Túnel del tiempo, siento que tengo 20 años otra vez.
Pura psicodelia.

del blog de NIKITA

LOS TESTIGOS




Espías son de nuestro acto los testigos silenciosos,
que observan con atención como socavo tu venus,
y que escuchan los quejidos;
mis sollozos y tu llanto,
nuestras sonrisas, tu canto.

Testigo es aquel espejo que siente suyo el cansancio
causado por nuestras luchas,
y del cual son prisioneras nuestras figuras desnudas,
que se crispan y que tiemblanpor tus saltos y mis saltos.

Es testigo la cortina,
los ojos de los retratos,
el tapiz sobre los muros,
los paisajes de los cuadros;
son las sábanas ajadas,
y lo son también los santos,
que miran desde el altar y nos maldicen pensando
que pecamos, fornicamos.

Sin embargo estos testigos siguen en sus sitios,
tácitos,
hablando con el silencio sin siquiera molestarnos.

Secundando nuestro amor,
nuestra entrega.

Sin contarlo.
.
.
.

LA DESPEDIDA

Con tres vocales, una ere y una ese, era imposible que no tuviera scrábel, por fuerza tenía que encontrar una palabra de siete letras, había que pensar un poco, nada más, tomarse unos minutos y unos sorbos más de café con leche, cambiar las letras de lugar en el soporte y listo, hecho: “totoras”, siete letras, scrábel, cincuenta puntos de premio, sesenta y cuatro puntos en total.
-¿Ya empezás con los scrábeles vos?- le dijo Ricardo-.
Mejor para mi, ¿no ves que me abrís el triplique zonza?
-¿Qué triplique, qué vas a poner ahí? ¿Totorase del verbo totoral? ¿Totoraza aumentativo de totora?.
Y mientras él pensaba, retorciéndose las pintas del bigote su próxima jugada, ella miró fijamente el tablero para no mirarlo a él y sobre el tablero, sin embargo, volvió a ver su cara y supo cuánto le iba a doler no verlo más, como iba a extrañar el peso de su cuerpo. Tres años perdidos, diría su abuelita: ese mal hombre te hizo perder tres años.
-No se me ocurre nada- dijo Ricardo después de un rato largo-.¡Ah, sí! Pongo “da”. Tres puntos.
-Vos tenés otra de. Te conviene así: “dad” y “vid”, agarrás el duplique y tenés diez, catorce, diecisiete puntos.
-Ya me estuviste mirando las letras.
-Bueno... para ayudarte, ¿no? Si no se hace muy aburrido- dijo Paula. Y aunque sabía que así se terminaba el juego, dijo también en un impulso-: Vos estás con otra.
-Sí- dijo Ricardo, sobresaltado y con alivio-. ¿Cómo sabías?
-“Truncara”, otra vez hago scrábel- y se sentía orgullosa, Paulita, de haber logrado colocar las siete letras teniendo sólo una u y una a, y usando otra vocal del tablero. Orgullosa. Destrozada. Pensaba en una jugada imaginaria, primero hacer scrábel con trozada, agarrando un duplique con los diez puntos de la zeta y tener suerte, después, de conseguir antes que su contrincante las letras necesarias para formar el prefijo des. Poner destrozada triplicando toda la palabra, lo suficiente como para ganarle un partido a un jugador mucho mejor que Ricardo. Pero, aunque anotó los puntos “truncara” ya no tenía sentido seguir jugando.
-Qué se yo. Sabía. Se te nota. Ayer a la noche la viste- dijo al azar-. Pero todavía no te acostaste con ella.
-Qué hija de puta que sos. Sabés todo- dijo Ricardo con admiración-.
Paula no sabía todo, pero se iba enterando. Sentía todos los músculos de su cuerpo repentinamente flojos, débiles, se preguntaba si podría pararse. Prendió un cigarrillo. Sus movimientos le parecían muy lentos, como si estuviera dentro de agua, muy adentro, en el fondo, con todo el peso del océano sobre ella. Tenía frío también. Para escaparse del dolor trató de ubicarse mentalmente en el futuro, un año después; desde la distancia, desde otro hombre, recordaría esta escena con indiferencia.
Pensó en el amor como en un hipopótamo, el trote torpe y destructor de un hipopótamo desbastando sectores de la selva a su paso, indiferente a todo lo que no fuera procurarse alimento, zambullirse en el agua, imbécil y torpe amor.
-Entonces, no vas a querer verme más, ahora. Y ya se terminó todo.
-Sí. Se terminó. – Y aunque no tenía ganas de mirarla, estaba contento, Ricardo, de que la perspicacia de Paula le ahorrara tantas difíciles explicaciones la miró, entonces, con ternura, le acarició la cara.
-Te quiero mucho. Sabés eso, también, ¿no es cierto?
Y eso sí que colmaba, excedía la medida de lo soportable, el afecto de Ricardo, su estimación, su aprecio. Paula pensó en todo lo que él mucho le quitaba al te quiero y supo que no podría vivir con ese cariño a cuestas, que no era así, con una tenue ternura, como deseaba ser recordada.
-Y como igual ya se terminó todo, ahora podemos decirnos la verdad, ¿no?. Ahora me podés contar con quién estabas ese fin de semana en que te fuiste a Mendoza. Siempre tuve esa curiosidad.
-Nada, no pasó nada, me fui a Mendoza, al congreso, como te dije.
-Para qué vas a macanear, si ya no tiene importancia. Si yo sé que estabas con alguien, te pisaste.
-Bueno, estaba en Córdoba, no en Mendoza. Con una de mis primas de Córdoba, ¿te acordás?.
-Y yo estaba con Pancho. Ese fin de semana me acosté con Panchito.
-¿Por qué hiciste eso?- dijo Ricardo, todavía sin creer en lo que estaba escuchando pero ya angustiado, dolorido, con la palidez de quien acaba de recibir un fuerte golpe en la cabeza. Porque a Paula, que lo quería, nunca le habían molestado las infidelidades de Ricardo, todo lo que la preocupaba era que volviera con ella y en cambio a Ricardo, que no la quería, las infidelidades de Paula lo volvían loco de dolor y de celos.
-Bueno, no me iba a quedar en casa chupándome el dedo mientras vos andabas por ahí desflorando primitas.
La alusión, esta vez no era azarosa, apuntaba concretamente a una de las infidelidades de Ricardo que, siempre inseguro de su capacidad de seducción, se inclinaba para superar desafíos, prefería las tareas difíciles, con obstáculos, las mujeres vírgenes. Cierta vez una de sus alumnas, agradecida, le había regalado un ejemplar del Martín Fierro encuadernado en piel que Ricardo le había mostrado a Paula, un poco avergonzado.
-pero yo no te pregunté nada- dijo ahora Ricardo-. Yo no quería saber nada. ¿Por qué me tuviste que contar eso?. Y Paula no sabía bien por qué, buscaba algo que pudiera lastimarlo, hacerle compartir una parte del dolor, hubiera querido clavarle un instrumento largo y delgado en el pecho, una aguja de tejer, por ejemplo, con la punta doblada como un anzuelo y arrancarla después de un tirón, untarle la herida con mostaza.
-La pasamos bien con Panchito. Hacía tiempo que le tenía ganas.
En los últimos tres años había tenido tiempo de conocerlo bien a Ricardo, Paulita, y sabía que, aunque el instrumento del amor estaba roto, todavía podía hacerlo bailar con el del odio. Iba a ser una despedida fuerte, con ganas, una buena despedida.
-¿Y qué hicieron?- dijo Ricardo, con voz indiferente.
-Y qué íbamos a hacer. Cojimos.
-¿Cuántas veces?
-Qué te importa.
-Te pregunté cuántas veces- y la voz de Ricardo sonaba sibilante ahora, contenida, aunque todavía impersonal, distante.
-Tres veces.
-¿Y después? ¿Volviste a acostarte con él, después?
-No, después vos volviste de Mendoza. O de Córdoba, mejor dicho. Después no lo vi más.
-¿Y qué tal coje Panchito? ¿Mejor que yo?
-No se, distinto. No me voy a poner a contarte los detalles, ¿no?
Entonces Ricardo dejó caer toda la apariencia de tranquilidad de fría curiosidad científica, y avanzó pesadamente hacia ella, jadeando, con los ojos enrojecidos, temblando de odio y de celos. Paulita retrocedió, apoyándose contra el respaldo del sillón. Ricardo le agarró el brazo, apretándole la muñeca con fuerza.
-Sí, justamente, putita, puta reventada, vas a contarme todos los detalles. ¿Se la chupaste? Quiero saber todos los detalles. Contestame. Ahora me vas a decir si se la chupaste.
-Sí se la chupé, soltame! (Paulita trataba de liberar su brazo, se retorcía de dolor.)
Y Ricardo le preguntó también cómo se la había chupado, si se la había metido toda en la boca, Panchito, si lo había acariciado con la lengua, si se había tomado la leche y como Paula se negaba a contestar acompañó Ricardo, cada una de sus preguntas con una bofetada seca, dura, impersonal, hasta hacerle sentir en la boca el gusto de la sangre, hasta que Paulita, en un estallido de rabia, de dolor y de deseo, inventando a partir del confuso recuerdo de una breve historia de amor que había sucedido hacía casi un año, una historia cuyo único sentido había sido precisamente éste: la posibilidad de atesorarla, de convertirla en recuerdo y en relato, porque, aunque era cierto que le tenía ganas, por Ricardo y para Ricardo se había acostado Paula con Panchito, le contó con placer-Paula- cómo lo había acariciado con la lengua, lentamente, primero las pelotas, y había subido después, desde la raíz a la cabeza, lentamente con la lengua, antes de ponérselo todo en la boca y comenzar con el movimiento acompasado, sin dejar de trabajar entretanto, con la lengua, hasta hacerlo acabar, a Panchito, hasta sentir en la boca el sabor tibio, picante y sabroso de su semen, hasta tragárselo todo y era mentira, claro, porque la leche no le gustaba a Paulita, le daba arcadas y Ricardo debería saberlo, recordarlo, si sólo se encontrase en condiciones de saber o recordar alguna cosa.
-¿Y cómo tiene el palo, Panchito? ¿Lo tiene grande? ¿Más grande que el mío?
-No tiene palo, Panchito, ¡Tiene sable! Porque lo tiene más largo que el tuyo y más finito, y un poco curvado hacia abajo y entonces no le dice palo, Panchito; palo le decís vos, él le dice su sable. ¡El sable corvo de San Martín!.
Y ya francamente disfrutando la situación, Paulita, ya si necesidad de bofetadas, golpeando ella, con sus palabras, se enfrascó en una detallada descripción y clasificación de los hombres que había conocido o imaginado y cómo solía suceder que dieran ellos un nombre particular a su propio sexo, un nombre inventado o elegido entre los muchos nombres conocidos, y cómo ese nombre generalmente en relación con ciertas características físicas que cada uno de ellos consideraba universales y eran en realidad personales y privadas y así había conocido, Paulita, a la Chancha y al Cabezón, a la Varita mágica y a Perico de los Palotes y al Bastón Vigilante y pasó después, Paulita a relatar con delectación los diversos placeres, ya decididamente imaginarios, que cada instrumento, de acuerdo con su forma o su tamaño, era capaz de provocar en una mujer.
Hasta que la hizo callar, Ricardo, enroscándole la mano en el pelo y tirando hacia abajo, retorciéndole el brazo al mismo tiempo hasta obligarla a ponerse de rodillas con la cabeza echada para atrás, mientras se desabrochaba los pantalones, y se la hizo chupar, Ricardo, como en su historia se la había chupado Paula a Panchito.
Y después la hizo retroceder, Ricardo a Paulita, y le ordenó que se sacara la camisa y se acariciara os pechos, y la miró, mordisqueándose las puntas del bigote, mientras ella se acariciaba y la ayudó después a sacarse los pantalones y le ordenó caminar así, semidesnuda, en cuatro patas por la habitación, y obedeció Paulita, a sus órdenes corriendo como un perro, a su llamado, y la besó en el cuello Ricardo a Paulita, y jugó a acercar y alejar su boca de sus pezones, tocándolos con los labios, el bigote, y puso la boca sobre uno de ellos rozándolo apneas, hábilmente, con los dientes, mientras si abrazo le rodeaba la cintura acariciándole las nalgas, las caderas, y la otra mano subía despacito desde la rodilla hacia arriba, por la cara interna del muslo hacia su centro, hasta mojar los dedos en su sexo húmedo para lubricar la caricia aterradoramente suave.
Y sitió, Paulita, las ondas de deseo que partían desde su centro en convulsivos espasmos y el deseo era también placer, placer y deseo al mismo tiempo en un solo nudo, hasta sentir toda su piel erizada, dispuesta, hasta sentir pinchazos como los que podría causar una aguja increíblemente fina en la pinta de los dedos, hasta que no pudo resisitirlo más, Paulita, y de su boca entreabierta comenzaron a escaparse quejidos, el sonido del goce, y ese sonido, el de su propia respiración hecha voz, elevó más todavía la ola del deseo.
Entonces entró en ella, Ricardo, y su lengua entró en la boca de Paula, recorriendo los dientes, las encías, mientras ella mantenía los dientes apretados, obligándola a separarlos, violándole la boca mientras se movía dentro de su cuerpo. Y la llamó mi yegua, Ricardo, a Paula, mi puta, mi hembra, mientras se estremecían juntos en un instante final, interminable.
Pero después todo seguía igual y le acarició el pelo con ternura, a Paulita, Ricardo, con tristeza mientras se vestían, recordaron entonces, que se estaban despidiendo, y se puso a llorar, Paulita, y Ricardo también lloró un poco y se abrazaron muy fuerte y Ricardo le pidió perdón a Paulita porque ya no la quería y Paula se preguntó en silencio por qué miércoles no la querría más, los misterios de eso hipopótamo, el torpe amor.
Y Ricardo se fue y esta vez se fue para siempre y la miró con afecto a Paulita en el palier, mientras esperaban el ascensor, sos una buena chica, le dijo, te voy a extrañar mucho.
Entonces Paulita se puso en puntas de pie y lo hizo inclinarse hacia ella porque estaban en el palier y quería decirle algo más y decírselo, además en el oído. Y abrazándolo, en el oído, le dijo muy bajito susurrando, a Ricardo, Paulita:
-Te olvidaste preguntarme. También me la dio por el culo, Panchito.
Y después entró a su casa y cerró la puerta.
Como un boxeador cansado, derrotado, que vuelve a los vestuarios escuchando todavía los gritos del público que festejaban al triunfador, se arrastró Paulita hasta el baño. Como un boxeador cansado, derrotado, tenía la cara, Paulita, pero todavía manchada de sangre y semen y mocos y sudor, y negras lágrimas cargadas de pintura. Y mientras se enjabonaba debajo de la ducha, Paulita, mientras dejaba que el agua le empapase el pelo, corriera por s cuerpo, Paulita pensó que Ricardo podía golpearla y humillarla, podía hacerla gozar, podía darle placer y dolor y tristeza, podía abandonarla, pero nunca, nunca jamás, ni aunque viviese un millón de años, iba a poder ganarle a un partido de scrábel, Ricardo a Paulita.

Ana María Shua


del libro "CUENTOS ERÓTICOS" Eryda Editores 1984

Gracias IRI por tu aporte.

LA ILUCIÓN DE ELLOS

NINFÓMANA: toda mujer que quiere más sexo que lo que el hombre desea.

NO SE ME IMPORTA UN PITO...


No se me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de sorportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono,
bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase,
tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?
¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,
volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa.
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando,
de algún paseo por los alrededores!
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.
"¡María Luisa! ¡María Luisa!"... y a los pocos segundos,
ya me abrazaba con sus piernas de pluma,
para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
que nos aproximaba al paraíso;
durante horas enteras nos anidábamos en una nube,
como dos ángeles, y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta,
el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera...,
aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!
¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes...
la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea,
¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre?
¿Verdad que no hay diferencia sustancial
entre vivir con una vaca o con una mujer
que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender l
a seducción de una mujer pedestre,
y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar
que pueda hacerse el amor más que volando.

OLIVERIO GIRONDO

otro trailer de porno para mujeres x Erika Lust


Teaser 5 Sensual Stories by Erika Lust


Cargado por lustfilms



para los que gusten aquí link a una muy buena entrevista a la directora de los films

hecho por erotomana

VULVA







VEDAN PENUMBRAS,
POR PUDOR, TU DESNUDEZ.
BRILLA, CARMESÍ
VÓRTICE EN OFRENDA¡
OQUEDAD PROVOCANTE!



tanka de Tito Devrek









hierogamia de los casares

LAS HORMIGAS Y YO

.
.
Tumbada con las manos caídas por encima de la cabeza, desnuda bajo la sábana sentía mil hormigas caminar sobre mi cuerpo y deseaba que una mano bajara desde mi brazo arrastrándolas a todas, liberándome de su peso. Deseaba que la mano se arrastrara arrastrándolas hasta la rodilla y luego subiera por la cara interna de mis muslos, evitando tímida el pubis, para llegar hasta el ombligo. Deseaba que un cuerpo distinto al mío se subiera encima y aplastara todas las hormigas que separaban mi piel de su piel, liberándome de ellas. Que el cuerpo estuviera también cubierto de hormigas, arañas y gusanos y así tener una excusa para dejar caer mi mano por su piel, que las arañas se prendieran de su espalda para poder justificarme cuando clavara mis uñas en ella.

Mientras pensaba en lo que deseaba un río descendía entre mis piernas. Pobres hormigas. Debían estar ahogándose. Sentí compasión por su vida. Con mucha dificultad, debido a la cantidad de hormigas que lo abrazaban, levanté el brazo y dejé caer la mano entre mis muslos. Los dos cubiertos y recubiertos por algo parecido a mermelada de hormiga que manaba de mi vientre. Pero... ¿Qué es lo que manaba de mi, el almíbar, las hormigas?. En cualquier caso la dulzura de todas aquellas hormigas ya no estaba sólo en mis muslos, me impregnaba casi por completo, todo el cuerpo era pura melaza, cuanto más me revolvía entre las sábanas más me pegaba en ella, más crecía el río que brotaba de mi. Sentí curiosidad por saber en qué lugar exacto nacía, en qué interno lugar de mi cuerpo estaba su fuente, saber si las hormigas también salían de allí. Despacio, con miedo de aplastar alguna de aquellas hormigas y con la paradójica fluidez que me daba la pegajosa mermelada fui metiendo un dedo en mi vagina . A medida que avanzaba iba encontrando menos hormigas en el camino y más melaza, melaza cada vez más caliente. Me adentraba en la boca de un volcán y podía sentir sus palpitaciones. Dentro ya no había hormigas, ni tampoco ningún mar de miel, la melaza escurría de las paredes del cráter a cada palpitación, y mi presencia allí dentro había desatado todas sus iras: las paredes empezaban a temblar, la palpitaciones se transformaron en convulsiones. Pequeñas convulsiones que estremecían mi cuerpo, todo parecía que iba a caérseme encima. Tuve que salir de allí.

Estaba sudorosa, pegajosa y las hormigas que no dejaban de moverse de un lado a otro aun estando inmersas en la melaza viscosa. Todo el cuerpo bañado en mermelada de hormiga, hormigas que no dejaban de moverse y pintarme de almíbar. Y yo deseaba. No sabía qué pero deseaba, ya sólo deseaba. Deseaba más, más hormigas, más arañas, y la erupción definitiva del volcán que amenazaba, la erupción que se llevará todas las hormigas y arañas.

Tuve intención de volver vagina adentro pero un grupo de arañas, que bajaron de su imaginaria espalda y rodeaban mi clítoris, llamó mi atención. Eran arañas de otro cuerpo, las que desaparecerían con “mis” hormigas si el volcán al fin reventaba. Sentí compasión por ellas y quise hacerlas huir, pero ellas se agarraban a él, cuanto más yo hacía por despegarlas, con más fuerzas se clavaban. Idiotas. Ignorantes. Desagradecidas de mi compasión. Iban a morir allí sin saber que llegaba su hora. Que así sea, pensé.Las sacudidas volvieron, estremeciendo toda la tierra. No pude olvidarme de las pequeñas arañas que habían abandonado otro cuerpo para refugiarse en el mío en aquel apocalipsis así que las acariciaba, intentando tranquilizarlas. Esto parecía enfurecer todavía más al dios subterráneo que habitaba dentro de mí, me hacía perder la consciencia por momentos, adormecida por efecto de los vapores que de él manaban y alucinada, abría de par en par mi cuerpo. En la semiinconsciencia seguía acariciando a las arañas, aunque ya debían estar muertas a juzgar por las rigidez de sus cuerpos, apretando mi dedo cada vez con más furia, la furia que me daba la desesperación, cada vez con menos dulzura y más violencia hasta que una convulsión violenta nos separó a todos, clítoris, arañas, volcán, dedo, yo, hormigas. Vinieron más y todo se derrumbó, hormigas y arañas quedaron sepultadas bajo el lodo y yo me dejé morir imaginando que ya no habían hormigas ni arañas entre los dos cuerpos.

Rebecca Buendia
del blog de ANDREA MENENDEZ




TREVOR WATSON

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